NOTA: Aunque recibiré con los brazos abiertos a cualquier nuevo visitante, especialmente en lo que concierne a los proyectos de Vaho de la Bruma, nótese que este blog permanece enterrado desde Julio de 2013, tras un año de deterioro progresivo y otro de notable silencio (cf. Recapitulación). El Fénix que de estas cenizas quizá nacerá, en Scribd, si es el caso, lo hará.
Derechos: la imagen de cabecera pertenece a Platinum FMD, mientras que la del fondo es de ¿Eric Sin (Depthcore)?

sábado, 26 de junio de 2010

Cuéntame un cuento que no le hayas contado a nadie




I


Enajenado en aquel estado de éxtasis sublime en el que yacía plácidamente, fui interrumpido. Aquel irritante sonido retumbaba por todo mi cráneo ronca e insufriblemente. Pero por si esto no fuera suficiente, se insistió reiteradamente en tan rastrero golpe. "Calma, muchacho, sino haces ruido se ira pronto y podrás continuar", me dije.

Al cabo de un rato, el silencio asolo mi habitación de nuevo... pero ya era tarde: la Catarsis había sido quebrantada y mis ideas habían migrado a aquella ficción de ultratumba platónica; ya jamás las recuperaría. Tan rítmicas como sonaban entre mis lóbulos aquellas cadencias afables y eufonicas...ahora, impregnado de ira por la interrupción, no podía creer ni tan siquiera su mera existencia.


II

Volvieron a picar. Aquel atronador y mortífero trueno volvió a caer sobre la paz de mi hogar. "Estoy ocupado, no se molesten, no me interesa lo que sea que me quieran vender, muchas gracias por las molestias", grite cordial e hipócritamente desde mi asiento."¡Muchas gracias por las molestias! Sí, claro, gracias por molestarme. Ya no sabia que hacer para distraerme y no concentrarme" pensaba después de varias horas intentando vislumbrar la resolución de aquella "cuadratura del circulo” que milagrosamente creí ver justo un nanosegundo antes de que picara aquel monstruo a la puerta. Sin embargo, esta decisión fue aún peor pues el "amable" señor, al saber de mi presencia, insistió más. Debió creer que estaba ocupado cagando o algo así; y cuanta razón tenia: en el lo hacía. No paro hasta que le abrí, hasta que nos condenamos:

-Disculpe por las molestias, pero no se arrepentirá; quisiera, si me permite, mostrarle...-fue diciendo muy cortésmente
-¡Cayese y escuche!-grite en un arrebato de ira, no pudiéndome contener más- Tal vez así aprenda algo útil. No le he abierto para que me cuente un cuento que ya me han contado muchos otros Cuentacuentos. Aquí soy yo el Cuentacuentos, ¿entiende? Y si quiere algo no será otra cosa que escuchar mis cuentos. Puede irse en cuanto le plazca; no se lo recriminare, se lo aseguro. Comienzo: había una vez un absurdo vendedor que...
-Disculpe, pero venia a proponerle un descuento- dijo pisando la voz del desquiciado hogareño que soy, enloquecido por haber escuchado la palabra "cuento".
-Le he dicho que no quiero bicuentos de cuentos ajenos, ni descuentos o recuentos, ni nada que se asemeje-decía con creciente sarcasmo- Soy comunista; no me nutro ni doy dinero, ¿prefiere ese argumento? Pobre. Pobre, le digo. Y como no puede descontar a quien no tiene ni debe, marchese.
-Disculpe, buen señor, pero ambos sabemos que eso no es cierto-expuso con tono grandilocuente-. Que su ideología sea esa, de acuerdo, lo respeto; pero vive en un sistema capitalista y yo se que paga sus impuestos, como todos, y...
-Pero será...- titubee exasperado mientras pensaba ¿¡que sabrá usted de mi vida!?- A ver, mozo: ¿quiere usted ayudarme con la conjetura de Hodge? ¿No? Pues entonces se da la vuelta y me deja trabajar en paz, ¿de acuerdo? No todos tenemos porque ser unos estafadores impertinentes como usted- exclame justo antes de darle un portazo que casi le aplasta contra el aire la nariz si no fuera porque temeroso retrocedió, apartando rápidamente el pie estratégica y parcialmente colocado en el interior de mi hogar y que supuestamente habría de impedirlo, salvándole su integridad con tan ágiles reflejos, pero tropezando y cayendo patéticamente sobre el suelo, no sin quejarse unos segundos más. Era realmente perturbador como instruían a estos mercenarios.

"Tengo que ingeniarme algo para evitar estos contratiempos" reflexione mientras me sentaba al escritorio, mirando con indiferencia aquellas elucubraciones matemáticas sobre las que ya había perdido el hilo después de tanta palabrería barata. De todos modos, ya no estaba de humor.


III

Mientras escribía mi disertación frenéticamente, habiendo ya clarificado mis ideas e identificado la senda a recorrer, y podía exponer mis argumentos con toda facilidad y rapidez; ahora que tenia allanado el camino tras horas de reflexión y solo debía ponerlo por escrito; en ese momento de paz y tranquilidad en el que me hallaba, digo, escuche un estrepitoso estallido de adrenalina en mi concentrada mente, absorta en ensimismaciones propias de otro planeta. Harto, recogí la hoja sobre la que estaba escribiendo y releí el ultimo fragmento para retomar el hilo mientras me acercaba y abría la puerta:

- ..."La creencia que acompaña a la experiencia es explicada como no otra cosa que un sentimiento peculiar, o una concepción viva producida por el hábito. Por cierto, esto no es todo: cuando creemos en una cosa de existencia externa esta creencia no es otra cosa que un sentimiento de la misma especie"...-llegados a este punto me detuve por no tener nada más escrito, y comencé a improvisar mirando fijamente a los ojos al vendedor- y entonces yo me pregunto: si Hume niega, como bien hace en este sintético fragmento, la existencia del mundo, ¿por las narices de quien el mundo no para de tocarme el epidídimo? ¿Soy tan demente que me recreo en la autoflagelación mental? No, Hume, no. Algo falla aquí. Pero supongamos por un momento que tienes razón. En ese caso no debería importarme lo más mínimo propinarle un buen derechazo a este señor que tengo en frente,¿verdad?-espete afablemente mientras el vendedor me miraba cada vez más estupefacto- pues, al fin y al cabo, su existencia no es certera,¿no es así? ¿que le parece a usted?¿lo probamos?¿y porque le pregunto, si ni tan siquiera tiene vela en esta, de barcos, carrera? Es más, aunque lo hiciese no podría asegurar que he sido yo: seria mi palabra contra la suya.

>>De hecho -continué tras una casi inexistente pero retorica pausa-, hay muchas otras causas que podrían explicar la percepción de ese puñetazo o, incluso, mi percepción de los plomubles vendedores como usted: engaños del Genio Maligno o de mis sentidos ilusorios, como quiméricas y drogadas deben estar sus enfermas empresas en tal guerrilla y tiranía que contra mi acometen, por ejemplo. Quien sabe..., quizás sea en realidad un loco con intenciones asesinas o adversas...-exhibía mientras me miraba gélido cual nevera a vender- quizás desee, en algún sentido, mi muerte, usted -dije, aliviándolo, perdiendo la ambigüedad latente entre el yo y el él y queriendo asegurar inútilmente que él jamas tal pretendería-. Por otra parte, tal vez este viviendo, sin saberlo, en una simulación o virtualizacion de la realidad, o incluso en un sueño. En cualquiera de estos casos, no supondría un dilema moral matarle-dije, volviéndolo a traumatizar mientras yo levantaba un arma de fogueo, que, sin embargo, atemorizo al vendedor por su gran realismo- pero ¿como saber realmente si existe o no? ¿Estoy dispuesto a asumir ese riesgo?...- explique mientras volvía a bajar el arma, reflexivo, tranquilizando parcialmente al vendedor-sea como fuere, si el vendedor desapareciese de mi vista podría volver a mis reflexiones en paz, ¿que le parece, señor cuya existencia desconozco?- pregunte con una siniestra sonrisa en mi rostro mientras el vendedor huía escaleras abajo y culminaba mi histriónica, psicopática, paranoica e histérica actuación.

"A la tercera va la vencida. Si más no, no he perdido el hilo de mi explicación, sino que la he ejemplificado. Y de regalo, a más a más, me he divertido un rato", pensaba, mientras me sentaba dispuesto a continuar con mi trabajo.

Sin embargo, tenia la sensación que a la larga seria aburrido repetir este proceder, e incluso peligroso. En una demanda particular, seria mi palabra contra la suya. Pero en una demanda colectiva...tenia que buscar algo más ingenioso.


IV

Después de una agotadora mañana, y tras comer un buen plato de comida, me entro un sueño profundo, así que decidí echarme a dormir. No obstante, como no podía ser de otra manera, me volvieron a interrumpir. Había desconectado el timbre precisamente para evitarlo, pero a cambio ahora me golpeaban bruscamente a la puerta mientras vociferaban: "¿hay alguien? ¿hola? ¿oiga?"

Me desperté de súbito, sobresaltado y asqueado por no poder culminar mi fantasía onírica. Por suerte, cuando recobre plenamente el conocimiento ya había parado de molestar. Sin embargo, ya no pude conciliar el sueño. Decidí entonces recurrir a las "practicas onanistas" como somnífero y coloque una corbata en el pomo de la puerta por si nuevamente alguien osaba turbar mi calma. Supuse, cándido de mi, que esto cohibiría a los posibles vendedores. Pero, contra todo pronostico, y sin ningún tipo de pudor, volvieron a golpear la puerta y ha gritar. Por la voz supe que era el vendedor de antes y supuse que tras visitar los pisos de arriba vio por casualidad la corbata en el pomo y lo interpreto como signo de presencia, de manera que decidió picar de nuevo. “Cabrón...” fue el único pensamiento que emergía reiteradamente de mi cabeza, como ondas que pretendían ingenuamente echarle de esta tierra de calma.

Molesto, le pregunte desde mi cama sino había visto la corbata. Pero él me ignoro apelando a que no me oía para que le abriese la puerta, empezándome hablar ya desde fuera de los fantásticos descuentos que podría obtener si me cambiaba de compañía. Y viendo que ya no podría terminar nada de lo que empezaba, decidí que tampoco terminaría esta conversación, no al menos de la manera habitual: encendí el altavoz al máximo, lo coloque junto a la puerta y puse la música más violenta, agresiva y ruidosa que encontré en mi ordenador (y no, no era el BWV847, precisamente), con la esperanza de que sus afiladas notas desquebrajasen sus oídos, sino su cuerpo entero. Si más no, eso es lo que hubiera querido hacer. Pero por miedo a las posibles represalias de los convecinos me puse los auriculares circumaurales recién comprados sin ni tan siquiera inducir musica por ellos con tal de poder aislarme efectivamente de aquel mundo en el cual existían y pastaban los vendedor ambulantes sin preocupaciones ni miedos. Mal mundo ese... "¿Cuanto les pagaran?-me preguntaba-¿y como harán siempre para acudir en el momento menos propicio?¿sera que yo estoy siempre ensimismado?"


V

Mientras leía plácidamente una novela de Doyle, en medio, justo en medio de una de las brillantes resoluciones de Holmes, en el momento de mayor tensión, suspense y misterio, el tétrico trinar tremendista del timbre hizo tribular mi seguimiento de sus razonamientos, y harto de toda esta comedia, decidí ignorarlo con música. Pero cometí el error de no usar los auriculares circumaurales, que aplastaban, enrojecían e irritaban a mis inabarcables orejas, ya hartas y doloridas; o los supraaurales, igualmente nefastos pero sin aislamiento ninguno; o los intrauriculares, que me las destrozaban por dentro y terminaban siempre cayendo, por no decir que sus cortos cables siempre me tiraban y limitaban con disgusto al moverme...(“¿de verdad tan difícil es crear unos auriculares ergonómicos y efectivos?”, me preguntaba a veces).

Cometí el error, digo, de encender los altavoces: la musica, ruidosa por mal elegida, no solo me impedía seguir bien los pasos de Holmes sino que me delataba respecto del vendedor. "Este hombre puede conmigo; ambos pueden. Esto no puede continuar así" pensaba mientras sacaba un arma del cajón de mi escritorio, la cargaba y apuntaba. "Muere", susurre, mientras vaciaba el cargador sobre mi sien.

Sin duda esa hubiese sido la vía más rápida y fácil: huir de las dificultades. Pero era demasiado narcisista como para suicidarme; simplemente me recreaba imaginando y barajando todas las opciones. Pero la verdadera carta escogida finalmente fue disparar a la puerta. Eran balas de fogueo de bajo calibre, y la puerta lo suficientemente gruesa como para resistirlas sin problemas. Pero esto me permitía ahuyentar a aquel maldito depredador de tiempo.

Pese a todo, sabia que estaba jugando con fuego: a la larga me buscaría problemas. Tenia que ingeniarme algo mejor...y pronto...sino, la locura acabaría conmigo.


VI

Durante mucho tiempo me dedique a idear métodos para espantar a los odiosos vendedores. Carteles amenazantes sobre la puerta a lo Don Juan Tenorio; alarmas con las que asustarles por ser la visita numero j, obteniendo un fabuloso premio: su muerte, que podían recibir picando a la puerta; timbres con calambres eléctricos, chorros de agua y juegos pirotécnicos;.... Todo tipo de trucos servían. Y todo tipo de trucos eludían. En verdad, nunca comprendí como tan superdotadas mentes estaban siendo desperdiciadas en oficio tan insulso. Incluso, sin necesidad de un Karl Marx que les reivindicara, agrupara y concienciara de su carácter de clase y grupo, se cohesionaron todos contra mi en una demanda conjunta, provocándome mayores males, como ya temía.

Recuerdo que durante una época, desesperado, llegue a pagar para que se fueran sin molestar: idee un sistema por el cual, al picar al timbre se expulsaba un sobre con una nota explicativa y el dinero. Pero entre el montaje, los sobres, las notas y el dinero en si mismo, perdía más tiempo y recursos del que me podía permitir. Sobretodo cuando comenzó a correrse la voz entre los vendedores.

En otra ocasión, absorto en una partida de ajedrez en donde me jugaba mucho más de lo que estaba dispuesto a perder, gran error, y alcanzado el punto culminante en el cual un solo error o despiste me hubiese condenado, tras haber analizado cada posible jugada y sus consecuencias inmediatas y venideras vi una posible salida a aquella encrucijada; pero tenia que jugar rápido y mantener mi concentración al máximo puesto que el tiempo se agotaba y cualquier pequeña distracción o variación podría cambiar radicalmente el rumbo de mi contienda. Y como mi suspicaz lector sospechara.... efectivamente: como el gallo que canta al ver el alba, un vendedor picaba a la puerta al verme concentrado en algo. Enloquecido, salte del sillín rápidamente, abrí la puerta bruscamente, y golpee agresivamente. Golpee el aire, claro, porque el timbre que escuchaba no era el de la puerta sino el del teléfono. ¡Tan mermado me habían dejado! Incapaz ya de disociar nada...corrí entonces para ver quien era: "numero desconocido" leí justo antes de enmudecer. Un es-frío-calo me recorrió la espalda mientras recordaba mi apuesta. El tiempo ya había terminado. Para colmo, volvieron a llamar, esta vez, tanto a mi puerta como a la del portal, como burlándose burdamente de mi.

Pero más allá de estas anécdotas he de reconocer, con el corazón herido, que dedicaba más tiempo a ellos, los vendedores, que a mi propia vida. Decidí por ello huir de aquella maldita casa y, con ella, de la sociedad vendida que entre sus zarpas la tenia presa. Lo único que necesitaba un pensador como yo eran bolígrafos y papel para dejar constancia de mis pensamientos y poderlos corregir y plantear más fácilmente. Así fue, pues, digo, como decidí vender mi casa y mudarme a un alejado lugar; un hogareño ermitaño como yo no necesitaba más....aparte de, tal vez, algo de compañía por las noches; pero de eso ya se encargaban los lupanares de los alrededores.


VII

Hasta ahí la justificación que dio al comprador de porque vendía nuestro querido ermitaño su casa de manera tan precipitada, y en consecuencia, tan barata. Ahora, la confirmación de la “buenaventura” de nuestro protagonista, si bien él nunca creyó en la suerte, quizás por no poderse decir que la tuviera, y que solo su existencia remotamente aceptaba si se concebía como a un títere de un ente superior, como un escritor, que quisiese divertirse con él y sus desgracias, dándole la gracia de la vida y la desdicha de malvivirla:

Curiosamente, al día siguiente una explosiva y joven mujer comercial acudió al portal del nuevo propietario. Le propuso una sesión completa de sexo siempre y cuando utilizasen los productos que ella llevaba consigo y se comprometiese a comprar como mínimo uno: la caja de condones que iban a usar.

Por lo visto, una empresa dedicada al sector del sexo, desesperada por la crisis financiera que quitaba tiempo y dinero al ocio, comenzaba una extravagante y exitosa campaña de promoción. Había contratado a unas 100 meretrices de alto standing que recorrieron todos los solteros del estado ofreciendo sus servicios con la excusa de utilizar toda clase de utensilios, productos, ungüentos,... que las escorts ponían por las nubes y que aseguraban que con ellos excitarían a sus pretendientas, si cabe, más aún de lo que las había excitado a ellas, ya acostumbradas, y que pese les enamoraba.

Obviamente, todo era una farsa. Pero la farsa complacía a todos y los productos eran de buena calidad. Al principio recibió fuertes criticas por ciertos ámbitos de la sociedad al ser considerada una campaña sexista, pero tan pronto se añadieron 100 gigolós y un abanico extra y variado más alternativo, estas se acallaron. Siempre llamaban antes de acudir a la venta para saber los gustos y orientaciones del cliente, para evitar malentendidos y satisfacer a todos los públicos: solteros y solteras, parejas con las que hacían tríos, "marujas y marujos" del tuppersex con los que hacían orgías,...nada se les escapaba.

Por primera vez en la vida, los vendedores hacían bien su trabajo. Pero eso es algo nunca sabrá y ni tan siquiera sospechara nuestro querido ermitaño.

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