NOTA: Aunque recibiré con los brazos abiertos a cualquier nuevo visitante, especialmente en lo que concierne a los proyectos de Vaho de la Bruma, nótese que este blog permanece enterrado desde Julio de 2013, tras un año de deterioro progresivo y otro de notable silencio (cf. Recapitulación). El Fénix que de estas cenizas quizá nacerá, en Scribd, si es el caso, lo hará.
Derechos: la imagen de cabecera pertenece a Platinum FMD, mientras que la del fondo es de ¿Eric Sin (Depthcore)?

miércoles, 23 de junio de 2010

El nihilismo absoluto se cierne sobre la noche




I
-Ufff..., estoy sofocada-suspiro exhausta, mientras clavaba dos dedos, formando un gancho, en el cuello de su vestido para desengancharlo de su piel pegajosa por el sudor, que hacia de pegamento, y posibilitar así la entrada del refrigerante aire - ¡no se como me convences para venir a estos locales!

-¿Pero acaso no te lo pasaste bien bailando, mi amor?- dulcemente le recrimino- bueno, supongo que ya ira siendo hora de marchar; parece que están recogiendo. Voy al baño y vengo en un momentin, mi amore -dijo cursimente con una sonrisa en los labios.

-Como quieras, pero yo te espero en la calle; sino, iniciare un holocausto- dijo bromeando.

-Si tanto fuego tienes dentro-le susurro sensualmente- guarda un poco para esta noche, ¿te parece, amor?- y tras reírle las gracias, cada cual marcho a donde dijo sin dilación, pues uno moría por falta de agua, y el otro en deseos de liberarla. Bien podrían haberse ayudado recíprocamente, ¿no?


II
Dasy salio apuradamente del local y tomo una gran bocanada de aire fresco. Seguía agitando el cuello de su vestido para refrescarse, emergiendo de su fogoso corazón, que ardía en sus opulentos senos, quiméricos vapores que, como un velo, ocultaban el resplandor divino de la razón. Sabia que hoy era el gran día: lo había leído en sus ojos; esos ojos perfectamente predecibles, para ella, que los conocía perfectamente... esos ojos que no la podían engañar, oh, no. Esos ojos cándidos y amables y hoy especialmente sensibles y brillantes y lucidos al palpitar de sus corazones que danzaban al unísono como uno solo. Era evidente: al fin se había decidió a dar el gran paso: "hoy me pediría mi mano en matrimonio", pensaba en un estado de éxtasis casi religioso, del mismo modo que los místicos como San Juan de la Cruz describían su fervor religioso casi de manera carnal.

Entretanto, Sam observaba aquel opaco anillo y se consolaba diciendo "lo que cuenta es la intención", mientras se contraatacaba pensando "el infierno esta cargado de buenas intenciones; cuidado". Un conflicto dialéctico se abrió por enésima vez en su mente, inútilmente, con la única finalidad de tortúrale. "Piensas demasiado, Sam", se recriminaba mientras recordaba amargamente cada una de las dichosas letras que formaban "lo fatal" de Darío. "¿Será demasiado pronto?-se preguntaba-¿Será suficiente para ella un simple obrero sin dinero para comprarle una joya digna de lucir junto a ella y su inefable belleza...?"

En ese mismo momento, Dasy, desde el silencio, pensaba sobre ello. Sabia que Sam no le podría ofrecer demasiado. Pero a ella nunca le importo la materia: ni la carne ni las joyas; ni el sexo ni el capital. Lo suyo era platónico, puro ideal más allá de la razón objetiva o la carne tentativa. Sabia que Sam no entendía muy bien su concepción idealista de la vida, su pensamiento a veces teñido de toques marxistas. Por ello Sam todavía estaba receloso a la hora de confesarse oficialmente. Pero por fin esos ojos brillaban como la primera vez, cuando ambos eran ajenos a la condición del otro, a la distinción de sus escalafones sociales. Ella tan solo deseaba un hombre que la amara, que la amara por encima de todo, un hombre dispuesto a luchar por ella, a morir por una causa suprema y trascendente: Amor, su amor; "nuestro amor- se decía-superara todas las fronteras; no hay obstáculos entre nosotros, nunca los habrá. La sociedad no podrá reprimir nuestro amor eterno". Todo esto pensaba mientras las siniestras sombras, lóbregas y lúgubres, acechaban su alma pura sin poderlo ni tan siquiera imaginar, mucho menos vislumbrar; mientras su alma se evaporaba clamando al cielo para que la divina providencia rectificara su cruel destino, su terrible error.

Sam proseguía observando obcecado aquel anillo que decidiría su destino. Por suerte o por desgracia, ese valioso tiempo que derrochaba en ya absurdas dudas, cambiaría el rumbo de su historia. Así es que, en esto estando, sin querer, y con las consiguientes posteriores y corteses disculpas por las correspondientes partes, chocaron dos cuerpos, dos ríos fatalmente entrecruzados. Cuando volvieron sus ojos a su caja para ver su anillo, símbolo de su amor, no quiso sino morir: había desaparecido su largamente planeado futuro. Rápido, se agacho y lo busco desesperadamente: su valor era, sin duda, infinito comparado con las joyas inertes de la corona británica; aun así, era tan misero, que ni siquiera se podía comparar con el improvisado pero sincero anillo de "jamón, jamón". ¿O tal vez era al revés? Materia y símbolo se confundían mientras el nerviosismo le embargaba y le impedía pensar. "Sin embargo- se consolaba-no puede andar muy lejos, a no ser que las cucarachas me lo arrebaten antes que yo lo encuentre".


III
El tiempo parecía haberse detenido para ambos en un retrato dividido, en dos cuadros vagamente descritos por un mal pintor y aparentemente separados pero frágilmente unidos por un sutil hilo que los conexionaba. Pero pareciole insuficiente a la parca tan débil hilo, que se debatía entre hilarlo mejor o cortarlo áspera y definitivamente.

Un hilo...Una sombra migratoria que sumergía del primer esbozo para emerger en el otro y ponerlos a prueba; un espectro que cortésmente se evadía del fuero interno y su luz, mientras saltaba ferozmente al crepitar de las estrellas en las pasarelas de infinitas farolas. Ambos mundos aparentemente distintos, mas ambos con la esperanza de ser intersectados. Esperanza que habría de superar una fatal criba.


IV
-Disculpa, amor, por el retraso- susurro una voz eróticamente- parece que tu ardiente cuerpo, con tanto vapor que libera, muere en ansias de consumarse- dijo mientras le cercaba los pechos, mientras se cernía sobre ellos.

-...Sam...-dudo un momento mientras le besaba la nuca y ella gemía levemente de placer, recorriéndole un escalofrío por todo el cuerpo. “¿Porque ha puesto esa voz tan seductora? ¿Porque esta tan cachondo?-pensaba- ¿No iba a pedirme matrimonio?- ...mmm...Sam...mmm...espera a llegar a cas...- dijo mientras se giraba hacia él,

en el mismo instante en el que Sam había encontrado, que no cogido, el anillo debajo de la puerta de uno de los retretes ocupados.

-Disculpe, buen señor-dijo sin pensar nada, tras ver el anillo- seria tan amable, al salir, de hacerlo con extremo cuidado...-explicaba por debajo de la puerta.

-¡Pero será posible!-empezó a gritar el varón que yacía al otro lado de la puerta al ver el hombre que le habla por el umbral- ¡Que carajo haces mirando mis partes pudendas por debajo de la puerta! ¡No te equivoques conmigo! Esto no es un local de alterne aunque te lo parezca, ¡sin vergüenza!

-No... no me... no me malentienda... yo...yo solo... solo quiero el...- dijo entrecortadamente mientras el hombre seguía gritando. Sam estaba avergonzado, incomodo, envuelto en una situación embarazosa de la que podría salir si y solo si se le escuchaba, lo cual no parecía sencillo. Para rematar la jugada, una voz con un tono extraño acudió a su espalda:

-No te preocupes, mozo-le dijo agachándose de cuclillas lo suficiente como para susurrarle al oído- no hace falta que te muevas, estas bien así-le dijo mientras le tocaba el hombro, estando Sam a cuatro patas- soy el encargado de cerrar el local y cuando el jefe termine, nos podemos quedar un rato más, tu y yo...a solas-le fue diciendo mientras le acariciaba con un dedo todo su cuerpo, desde el hombro hasta la rabadilla, en cuyo momento, Sam, nervioso, alargo rápidamente el brazo por debajo del umbral, desgarrándose la camisa y parte del brazo, alcanzando finalmente el anillo, y saliendo corriendo con la, antaño, alma de atleta que poseía, al grito de: "ladrón, que no se escape el ladrón".

En su huida pavorosa entro en un cercano callejón oscuro, en el cual avanzo lo suficiente como para agacharse detrás de un contenedor y esconderse hasta que pasara todo. El neón de algún local nocturno iluminaba a intervalos la joya que tantos calvarios le estaba provocando. La miro obsesivamente mientras cavilaba: tan mísera piedra cuanto caos provoca; mortífero simbolismo que muere en estos brillantes. Por más que se procure, vano es intentar encerrar en inertes cristales eternos, imágenes fugaces y lucidas de intangibles esencias maravillosas. Absurdo es pretender encerrar el Amor en el anillo, el símbolo en la materia. Absurdas y terribles son estas convenciones sociales, y sin embargo, nos embargamos hasta las cejas por poderlas cumplir honrosamente. Las odiamos y las cumplimos, esquizofrénicos de nosotros- decía o pensaba, en un in crescendo de rabia que se manifestaba en sus venadas manos que apretaban el anillo entre sus dedos- y pensar cuantos han muerto por un ideal encarnado, por un líder carismático o un objeto sagrado que simbolizaba algo más de lo que parecía a simple vista, una Juana de Arco indistinguible de Francia, o unos huesos de la fe cristiana- discurría imitando las disertaciones que Dasy le explicaba lo más afable y sencillamente posible para que las entendiera amenamente-!nunca más¡-estallo en fuegos fatuos de rabia y sin sentido, que llegaban a invertir el énfasis de sus exclamaciones, quebrando el anillo y despertando de su encantamiento. Mas no pudo pensar en las consecuencias de romperlo; apenas pudo guardar los pedazos en la caja. Algo estaba pasando allí.

Despierto ya de su enajenación, de su ensimismación, no pudo sino sonrojarse: se escuchaban leves susurros y gemidos de placer en el fondo de aquel extremamente lóbrego pasadizo. Si bien al principio la timidez le hizo recular, el miedo totalmente infundado e irracional a que le hallaran los supuestos policías que habían de capturar a un ladrón inexistente, puesto que no había robado nada ajeno, le hizo permanecer quieto. Y lo que al principio era timidez, confirmando así que vivía en una sociedad con una tremenda represión sexual en donde Freud había pronosticado grandes y terribles secuelas psicológicas junto a una plaga de trastornos mentales y psicosomáticos, fue trasformandose gradualmente en excitación. No era mucho lo que se veía (la luz de neón apenas dejaba ver a intervalos el perfil de un hombre vestido con el plumaje del cuervo nocturno), pero si lo que se oía. Tal fue el morbo que le produjo observarles en un lugar publico, casto como era, que no pudo evitar eyacular en sus pantalones.

Pero, de repente, la situación se tenso y la mujer empezó a resistirse con violencia, como si hubiese vuelto en si de algún desmayo. Aquello no era sexo consentido, pensó, sino una violación. "¿Me he excitado viendo como maltrataban a una mujer?", se inquieto. El remordimiento le corroía, pero no había tiempo para debates morales. Tenia que hacer algo. Pero, ¿que podía hacer? Aquel hombre era mucho más fuerte y grande que él. "Como voy a enfrentarme a esa bestia si yo, a diferencia de él, ni tan siquiera jamás he conseguido domar a mi amada en la cama...mi amada...¡Dasy!". En un instante todas las piezas del puzzle cuadraban a la perfección: cuando salio disparado del local, no vio por ninguna parte a Dasy, pese a que ella le esperaba en la salida. Es más, cuando escapaba vio, sin darle demasiada importancia entonces, un pañuelo rojo: "!el de Dasy¡". Además, aquel era el callejón más próximo al local, y aunque la poca y titilante luz no le permitía verla con demasiada seguridad para confirmarlo, podía entrever como estaba maniatada. La evidencia era innegable, pensó: "¡están violando a Dasy!".

Todos sus músculos se tensaron, a la defensiva. No había tiempo para pensar. Por una vez en su vida tenia que actuar rápido y sin pensar. Alcanzo un palo cercano y se acerco lentamente y por la espalda al violador. Todo sucedió en unos segundos: Sam alzo tan alto y firme como pudo aquella tabla de madera mugrienta mientras la mujer, al verle, gritaba efusivamente en una mezcla de placer, morbo y temor orgásmica, en donde sus ojos se fueron abriendo cada vez más, hasta casi salirse de sus orbitas y clamar al cielo, al ver como un demente amenazante con un arma indefinida la alzaba con ademán de usarla. La madera estallo en mil pedazos, por la humedad y los ácaros, al chocar brutalmente con la curtida e inmutable espalda del presunto violador, el cual viendo la expresión de su compañera, tras recibir el impacto, se abalanzo sobre el agresor propinándole un tremendo derechazo que le dejo K.O. tan pronto lo recibió. Era evidente: se había equivocado; eran simplemente una pareja de sadomasoquistas morbosos que le habían costado la mandíbula. Menos mal que esto le pareció increíblemente excitante a la chica, descubriéndole por primera vez el infinito gozo de un verdadero orgasmo; de lo contrario, su novio le hubiese matado.

Cuando volvió en si, ya se habían ido, así que salio del callejón antes de que pudieran empeorar las cosas. Miro de reojo al local: ya estaba cerrado y nadie había en torno a él; solo un pañuelo en suelo, el de Dasy "¿donde estas?" se preguntaba mientras lo recogía y miraba al horizonte, oculto por el velo del misterio y la noche. Horizonte en el que veía palpitar desgarradoramente una luz vehemente. Luz que iluminaba con la llama de la pasión, una figura ardiente y corpulenta. Una figura que se balanceaba, que embestía contra la pared a una inocente y bella mujer. Una mujer que reconocería en cualquier parte, con sus rizados cabellos cayendo helicoidalmente sobre la pared inerte y fría. Pared sobre la que se estampaba la gabardina del horrendo ser que escondía. Gabardina en cuyo bolsillo permanecía clandestina el arma que le condenaría. Arma que le apuntaba tras una mirada animal y que arrojaba una bala de plomo sobre su cuerpo. Cuerpo que caía muerto sobre las calles de fuego e ira de esa maldita tierra. Muerto de terror por las imaginarias balas, muerto por el plomo del miedo sobre el asfalto negro y seguro.

Después del éxito de su anterior incursión, todo se había desmoronado: el nihilismo absoluto se cernía sobre él. Ella estaba perdida, inconsciente. Si él atacaba, solo conseguiría que ambos lo estuvieran. Así que decidió despertar de su pánico para huir, huir como un misero cobarde, porque solo una cosa conocía, porque solo una cosa le importaba: el mismo, el Yo, cual narcisista o egocéntrico impío.


V
-...mmm...Sam...mmm...espera a llegar a cas...- dijo mientras se giraba hacia él, hacia la bestia que la acosaba sin saberlo, la bestia que tras ser vista le golpeo fuertemente en la cabeza con la suya para dejarla semiinconsciente; la bestia que la arrastro hacia un lugar seguro para desfogar su reprimido ello freudiano. Dasy ya solo albergaba una esperanza: si su amor platónico, al salir, viera su pañuelo y, al verlo, “dirigiese su mirada, aquella mirada enamorada- pensaba ella- hacia el horizonte en el que nos hallemos. Si sucede esto, si nos ve y nos encuentra, entonces estaré salvada;- se consolaba ciegamente-porque un amor platónico siempre esta dispuesto a morir por su amada dulcinea, por un ideal que se materializa en valor, valor a luchar sin esperanza por un ideal... un ideal sublime", se repetía. Por una mera quimera de la imaginación; una ficción: pura fantasía inexistente.


NOTA: gracias, Peret, por el inspirador titulo de tu álbum "De los cobardes nunca se ha escrito nada".

"Sígueme dando ideas, Mundo, aun sino existentes más que en mi mente; aun si no eres más que una quimera del Yo." Así hablo Sekioz

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El pudor es un estigma social: descuartizame, y mis manos resquebrajadas te aplaudirn.