NOTA: Aunque recibiré con los brazos abiertos a cualquier nuevo visitante, especialmente en lo que concierne a los proyectos de Vaho de la Bruma, nótese que este blog permanece enterrado desde Julio de 2013, tras un año de deterioro progresivo y otro de notable silencio (cf. Recapitulación). El Fénix que de estas cenizas quizá nacerá, en Scribd, si es el caso, lo hará.
Derechos: la imagen de cabecera pertenece a Platinum FMD, mientras que la del fondo es de ¿Eric Sin (Depthcore)?

viernes, 30 de julio de 2010

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Un nuevo día se cernía sobre mi existencia vacía, vacua, superflua, inútil,... nomás que un vaso frágil, sin contenido en su interior por el cual interesarse; era como un cuerpo sin vida, solo subsistencia continua y monótona: un ciego robot mecánico e inhumano, un esclavo de la rutina y las convenciones, una hormiga cabizbaja e insignificante encajada como un engranaje en una gran maquina social e inerte de la cual no podía escapar.

Pero aquella enorme estructura automática no funcionaba ininterrumpidamente en su totalidad: entre en mi casa tras un duro día de trabajo y cerré la puerta que hacia de nexo entre el Yo y el Mundo, entre mi propio mundo interior y la realidad ajena a mi, a la cual parecía ser que pertenecía. Aun así, no se ha de confundir el subconjunto con el conjunto que lo engloba; los puntos en común de un cúmulo, con las particularidades individuales de cada parte. Su agrupación puede hacer converger hacia una misma meta a los diferentes participes de la misma, en una especie de mesianismo simbólico, pero esto no niega la existencia de anomalías en el sistema (freaks, dementes, antisociales,...) o la existencia de una gran variabilidad de métodos para alcanzar dicha meta.

Cerrando este paréntesis aclaratorio, que solamente me sumergía más en el eterno y confuso conflicto entre individuo y sociedad, me dispuse a revisar el correo antes de desconectar completamente del mundo que me rodeaba y sumergirme en mi prosa, en mi hiperrealidad. La mayoría de mensajes eran spam, estupideces banales y simplonas, sentimentalismos varios, cadenas absurdas, algún mensaje del trabajo que ya carecía de sentido,... de vez en cuando encontraba alguna joyita literaria o idea simpatizante en los blogs de mis bohemios compañeros de vocación, pero, a menudo, estos discurrían alrededor del mismo tema, obsesionados, obcecados por él, como girando a su alrededor ajenos a toda la realidad que yacía al otro lado del universo; otros, por su contra, se identificaban con ese punto central alrededor del cual giraba todo. En cualquier caso, ambos, esclavo y amo, estaban insatisfechos con su posición respecto al cosmos. Ya se sabe: siempre queremos lo que no tenemos, siempre añoramos lo que tuvimos, y siempre soñamos con lo que tendremos. Y la misma sentencia se le puede aplicar al ser, no solo al tener, pues somos "movimiento y cambio continuo".

Sea como fuere, me disponía a orbitar en torno a una de las infinitas estrellas de mi universo cosmopolita, variado y variopinto cuando de repente oigo llegar un nuevo mensaje: medio frustrado, medio esperanzado, me dispongo a abrirlo. Se abre una ventana frente a mis ojos, que comienzan a dilatarse lentamente, como drogados, al mismo tiempo que la temperatura de mi cuerpo subía desenfrenada, el corazón y la tensión se disparaban y convergían en el infinito y las arterias se estrechaban. Todo parecía arrojarse vertiginosamente por un abismo infinito en el cual no se ejercían leyes físicas que limitaran la velocidad de la caída, temiendo el final y nefasto aterrizaje. Mi respiración se fue haciendo rápida y superficial, conturbada; el cerebro disparaba impulsos eléctricos a lo loco, como un demente sin precedente, y las glándulas segregaban fluidos y hormonas alborotadas con una presión explosiva, como el agua de una presa estancada y anegada de fuerza contenida que revienta. Mis músculos se tensaron violentamente, mientras mi mente se complacía de aquel espectáculo de fuegos artificiales caóticos que contemplaba en su cuerpo. Toda la eternidad se condenso en un instante, el Instante.

No podía parar de contemplar obsesivamente aquel mensaje, obcecado en su breve pero intenso contenido. Y sentía que en aquella recreación contemplativa y pasiva había más placer que en ninguna otra de mis actividades activas y productivas; ni tan siquiera el arte había sido capaz de proporcionarme un nivel tan alto de gozo. Todo lo anterior parecía carecer de sentido. Todo lo posterior parecía existir solo como una esperanza presente de consumación. Todo era presente, instantaneidad eterna.

Intente, una vez embriagado hasta mis peludas cejas, carcomiendo por aquellos quiméricos vapores los lóbulos deformes de mi cerebro anárquico, arrojar algo de luz aquel misterioso proceso. Hasta donde yo sabia, el amor era una reacción psicobioquimica, lo cual posibilitaba como algo factible la idea de "amor a primera vista", siendo en realidad amor a "primer contacto entre feromonas y otras substancias". Sin embargo, este contacto no había tenido lugar: solamente la vista se complacía de aquella beldad etérea y perfecta.

No comprendía que sucedía: ni tampoco me importaba conocer la causa ultima de aquel extraño suceso: solo deseaba disfrutarlo. La razón objetiva había pasado a un segundo plano, y en mi solo reinaba la subjetividad relativista en pro de aquel espejismo ideal. Todos mis pensamientos, sensaciones y sentimientos eran provocados por ella, y eran efectuados por ella; eran causa y efecto de y por Ella. Ella lo era todo: era una diva ubicua en mi, como ya transmití; omnipotente para mi, como mártir sumiso que era; y omnisciente, pues siempre le daría la razón, aun sin tenerla. Ella, para mi, era Dios, la transcendencia y perfección. El amor le otorgaba para mi aquel rango supremo por el cual me sometía como un camello nietzscheano, como un humilde esclavo, como un mero cristiano: su sola contemplación me hacia feliz; el resto carecía de sentido.

Siempre había repudiado a los creyentes, pero eso era porque no había hallado nada en lo que creer, hasta ahora... Y como ellos, yo nada conocía de mi Diosa, lo cual no me impedía adorarla ni martirizarme por ella igual que un asceta. Dios es a la Verdad (en su triple significado[1]), lo que el Amor es a la Vida, y la Hiperralidad Controlada es al Yo. Y yo, como artista y creador, como hiperhombre, percibía que aquel dramático vitalismo que me absorbía, me enjutaba hasta secarme como una momia, en un agridulce sabor desconocido, en un sadomasoquismo equilibrado y pleno.

Y esa plenitud vital... resonaba en mi cabeza como un eco eterno y sonoro, como un órgano bachneriano que emergía de las profundidades del profano infierno para ascender al más alto de los sacros cielos, conservando intacto su pasado y su transito por la Tierra: aunando la tripartita esencia. Y entre aquellas sublimes cadencias, sutil y clandestinas, se paseaban entre ellas unas escuetas letras de mi lira, delirante:

no dejo de preguntarme
por mi bendita suerte
que permitió conocerte

Sin embargo, pronto aquel mágico y volátil aroma iba a desaparecer: acepte su solicitud de amistad y le envíe este mismo texto como solicitud de algo más, confesándole, además, temeroso de Dios, ósea se, de Ella, la gran tragedia de su respuesta:

En tus vivos ojos
y mortífera voz
aclama gran poder:
tu afirmación
o tu negación
matarme pueden.

Mas la ausencia
de clara respuesta,
a eterna tortura
me condena.

Y en esa tortura permanecí durante perpetuos segundos de perennes minutos, de interminables horas, de inmortales días. Aquella instantaneidad eterna en la que vivía, y que tan gozosa fue, me impedía avanzar en el tiempo para vislumbrar la respuesta que iba a matarme. Los valores se habían invertido, como ya Sekioz predijo: no importaba el fin, mi muerte, sino el medio, su respuesta.

De este modo mortuorio permanecí en vela toda la noche, ensimismado en elucubraciones macabras que predecían todas las posibles variables y resoluciones, todos los modos en los que podía contestarme y como estos me afectarían. Hay quien dice que el futuro es incognoscible o inexistente por ser inexperimentable. Yo, pobre necio en cuestiones metafísicas, no me atrevo a negar ni a afirmar la existencia o no del tiempo o el futuro. Pero sin duda puedo refutar ese argumento, pues yo percibía como presente todas las variables futuras, y había muerto por ellas infinitas veces, inmerso en aquella instantaneidad estática y eterna. Y permanecí en ella durante el sueño, cuando caí dormido en mi escritorio a la espera de una respuesta, continuando en sueños aquellas incontables permutaciones factibles y no tan factibles que era capaz de imaginar el ello freudiano, despertándome antes que el despertador por una precoz polución nocturna.

Alce mis ojos y los abrí acuciantemente, cegándolos ante el resplandor de la pantalla, tras agitar el ratón. Nada. Permanecieron mis maniacos ojos inmóviles frente aquellas letras esperando que se arrojara de ellas la espada de Damocles, cuya acción tanto temía y anhelaba. El tiempo inexorable se sucedía nanosegundo a nanosegundo, aunque yo no percibiera aquel movimiento constante y endiabladamente lento. Y en este estado de enajenamiento, me sobrecogí cuando oí el despertador: aunque no quisiera, tenia que ir a trabajar. ¿Que pensaría Ella de un pobre palurdo que ni tan siquiera puede alimentarla? Al fin y al cabo, la PDA me avisaría si llegase alguna flecha, de plomo o de oro, a mi correo. Y con esta esperanza me fui a trabajar en un persistente estado de alarma y excitación, que me sobresaltaba cada vez que recibía alguna de las numerosas llamadas y mensajes de trabajo o oía o me preguntaban cualquier cosa por la calle.

Así estando, era evidente que no podía hacer tareas "peligrosas", pues coger el coche hubiese sido una declaración de suicidio: apenas tan siquiera podía andar y cruzar la carretera sin correr el riesgo de atropello. Afortunadamente, no sufrí ningún tipo de daño físico, que no psicológico.

En cualquier caso, tras aquel ineficiente día de trabajo, entre rápidamente a mi cuenta y entre en el perfil de mi amada, viéndola conectada, pero sin ver respuesta en mi bandeja de correo. Espere un tiempo, pensando que posiblemente ella también había acabado de llegar del trabajo y que todavía no había tenido tiempo de contestar. Pero esperar parecía ser que no funcionaba, y decidí escudriñar su perfil: su información, su muro, sus fotos, sus enlaces, sus notas, sus videos, sus juegos,... todo lo que de ella iba conociendo era maravilloso, hasta que llegue a los contactos: mi nombre, pero no mi foto, yacía en aquella lista: el haber puesto solamente un apellido confundió a mi musa, enmendando su error demasiado tarde, cuando mi herido corazón ya yacía en una nada cósmica y dolorosa, fuera de mi cuerpo y mi mente, que volvían a estar vacíos como al principio, como predijo el eterno retorno, el eterno y grácil bucle de la vida.  




[1] Verdad religiosa (Dios en sentido clásico), filosófica y científica (Dios como símbolo de la verdad absoluta, pues Dios simboliza la omnisciencia, es decir, el conjunto de todas las verdades integradas en una sola teoría: la teoría unificada o teoría del todo (cuyo conocimiento daría la omnipotencia y el omnímodo propios de Dios, a la vez que seria ubicua, pues lo explicaría todo), por la cual Einstein lucho inútilmente largamente; en el primer caso, el filosófico, pueden existir múltiples teorías al respecto (mientras sean coherentes), pues todas nacen del subjetivo Yo; en cambio, la ciencia otorga unicidad, pues todas provienen del Mundo y dependen de él).

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