NOTA: Aunque recibiré con los brazos abiertos a cualquier nuevo visitante, especialmente en lo que concierne a los proyectos de Vaho de la Bruma, nótese que este blog permanece enterrado desde Julio de 2013, tras un año de deterioro progresivo y otro de notable silencio (cf. Recapitulación). El Fénix que de estas cenizas quizá nacerá, en Scribd, si es el caso, lo hará.
Derechos: la imagen de cabecera pertenece a Platinum FMD, mientras que la del fondo es de ¿Eric Sin (Depthcore)?

sábado, 9 de abril de 2011

Insomnio...o sensación de insomnio



...


Un tétrico silencio recubre lúgubremente, con sus lóbregos tonos y su aroma infesto, las superficies irregulares de los objetos que se hallan en la sala. Lo hace lentamente, con detalle, no queriendo ser luego reprochado como vago. Se toma todo el tiempo del que necesita para recorrer cada curvatura, cada bache imperfecto de la realidad. Quiere terminar con la conciencia limpia, con la seguridad de haber obrado dignamente, con la categoría propia de su nombre y condición, no dejando una sola presencia, una sola mota de aquella suciedad lumínica que lo embargaba todo con su cegador y mortífero fulgor previo a su exterminación, acometida con el paso invicto de la oscuridad sepulcral que avanzaba de la mano de aquel silencio tetraedrico...

Yo, anestesiado, me extasió en estos pensamientos y coqueteo con la sinestesia mediante la imaginación, pues mi cuerpo no me acompaña en esta aventura: desde mi ataúd.... que es mi lecho... de muerte... si morir es dormir... y dormir es morir...,como inducido en un estado de parálisis del sueño, a medio camino entre ambos abismos, así lo concibo; y es que ciertamente, pareceme sentir mis pies sobre un fino hilo cortante sobre el cual desfilan sangrantes por no atreverse a alzarse y asumir entonces como más probable la caída a cualquiera de los dos avernos, de la anulación y la inconsciencia.

Abro los ojos: nada ha cambiado. Todo sigue totalmente impregnado por esa textura a podrido. Estrujo con fuerza el edredón que cubre mi pecho y luego lo destenso,desahogandome, arrugandolo, arrullando...: la oscuridad se ha vuelto más oscura. Por el resquicio del umbral de la puerta ya no asoma aquella vibrante onda llamada luz. Un segundo silencio, más silencioso, afirmaba así su victoria junto a su gótica acompañante: un halo de misterio, una ausencia de conocimiento, un vació, una no esencia, un no ser; eso era ella, si es que algo era...

Al menos así lo visualizo yo...así quiero creerlo y construirlo yo, la realidad...si bien es cierto que se que no existe tal compañía: la oscuridad, a cualquier nivel, es la ausencia de luz, la ausencia de existencia. Es un significante sin significado, una quimera entre todas ellas. La oscuridad, lo único que creía ver en este instante, no existía como entidad propia: la sentía en mi médula espinal con todo el peso de la ausencia que llevaba tras de si: más era vano. La sutil percepción de lo imperceptible...solo por la costumbre de percibir. La definición por antítesis, la duplicación ¿innecesaria? de realidades. La oscuridad, el frió, la muerte...¿acaso el muerto sabe que lo esta? ¿Acaso el vivo puedo estarlo estando vivo? Una idea a medio camino...¿Acaso no es demasiado absurda esta idea como para parar en ella? No, probablemente no: nos aterra demasiado la ausencia...la ausencia de vida... como para no dignificarla con un nombre propio ante el que postrarnos como un esclavo aterrado. ¿Pero que sentido tiene entonces...?¿No perdemos ya nuestra vida ante el pavor a su perdida, ante estas mismas letras que se concatenan en mi mente y me impiden conciliar el sueño? ¿Que sentido tiene negar nuestra contingencia afirmando como Punset a propósito de Hume que no es seguro que vaya a morir, o que él trascenderá la muerte (metafóricamente) en la memoria ajena?¿Que importancia tiene trascender, sino estaremos aquí para verlo?
O, por el contrario, no puedo sino pensar que cualquier apología escrita y racional de la vida no es sino una gran mentira: no puede glorificarse la vida de otro modo sino viviéndola, creo o quiero creer. Por otra parte, ¿para que concienciarnos de nuestra finitud pudiendo vivir ajenos a ella y perseguir así en actos grandiosos la consecución de lo eterno e imposible, de una obra magna, sin restricciones de ningún tipo? ¿No es el placer obtenido en una tarea proporcional al tiempo empleado?Eso me respondía retóricamente siempre el lógico cuando le preguntaba a propósito de las respuestas a sus enigmas...sin duda, saber o no la respuesta no iba a cambiar nada, ni a mi ni al mundo. Sin embargo, llegar por mi mismo, tras largas disquisiciones y consideraciones, a tan bella e inequívoca solución no podía proporcionarme más placer. ¿Hemos, pues, de asumir nuestra finitud ignorándola, no temiéndola pero no malgastandola? Me temo que en mi mente solo hay preguntas, y que solo la contradicción puede ampararlas...

Y creo también, porque creer parece ser que es lo único que puedo hacer para persistir en este caótico y bravío mar de agresivas preguntas, que no merece la pena continuar con estas pesquisas: no con una vida finita escapándose de entre mis dedos... Bajo esta premisa, me levante de la cama para ir al baño. Cuando pase por el espejo, vi unas acuciadas ojeras en mi rostro: tenia sueño, era hora de dormir. Cuando me dispuse a acostarme de nuevo mire el reloj. Habían pasado más de cuatro horas desde que me había acostado por primera vez.

Intente acallar entonces mi pensamiento; pensar en no pensar...que absurdo. Esto no hacia más que inducirme a nuevas reflexiones, sobre la consciencia, el metalenguaje y la paradoja de Russell. Y, sin darme cuenta, iban desfilando con una celeridad y agilidad inaudita, invisibles y en orden, los segundos, en ficticios bloques de 60, frente a mis ojos ciegos. Su ritmo era ciertamente rápido y pronto me fascino; sin embargo, aquel atisbo de consciencia los hizo lentos y pesados, torpes y ruidosos...quise entonces matarlos para que el crepitar de sus pasos no perturbara más mis oídos, pero todo fue inútil: inmutables, inmortales, se sucedían uno a uno, y ningún acto podría pararlos. Decidí entonces observarlos con frustración: una metamorfosis extraña se sucedió. Mi intelecto, caprichoso, quiso partir aquellos gnomos de talco en partículas más y más pequeñas... finalmente se sucedió un polvo continuo, una estela que me permitía seguir fragmentandola hasta el infinito y cuyo limite parecía ser una linea continua: el Continuo.
Pero aquella uniformidad fría y aséptica, monótona, no pareció gustarle a mi mente, por lo que decidió tomar dos puntos arbitrarios y considerar el segmento que los separaba como unidad. De nuevo, el Continuo volvió a ser discontinuo: ahora era formado por feroces lobos, que pronto fueron unidos en manadas y posteriormente en la contingencia del espacio que las hacia confluir una tras otra. Mi cerebro construyo así conjuntos y conjuntos cada vez mayores que englobaban a los anteriores...en ultima instancia, considero un conjunto tan grande que lo abarcaba todo y se asemejaba al aséptico y uniforme Continuo del principio, formando una masa homogénea y estática en la cual no se podía percibir el movimiento debido precisamente a esa igualdad consigo misma en todas partes, cual fractal: parecía, en resumen, que la división y aislamiento excesivos de los individuos y sus facetas era equiparable a la cohesión unificadora de todos ellos, y ambas opciones igualmente angustiosas y aburridas. Contento por hallar aquella aparente antinomia, recordó a Kant y considero que su razón había sobrepasado la experiencia posible para volverse trascendente.
Así que decidió tomar un nuevo camino:retomo a la arcilla inicial y construyo con ella figuras dispares, de diferentes tamaños y formas. No pretendía estandarizarla, como antes, sino regocijarse en sus posibilidades: cada construcción era más esperpéntica y extravagante que la anterior, hasta tal punto que comenzó a formar figuras que sobrepasaban en sobremanera su entendimiento, por lo que quiso entonces depurar su barroco arte en estructuras cada vez más minimalistas y sutiles. Largo fue el rato que las manos de la imaginación anduvieron manoseando al material plástico tan sugerente y maleable en este cíclico proyecto.
Sin embargo, como de todo, termino por cansarse. Fue entonces cuando se lo cedió a la memoria, quien manipulo el tiempo basándose en su experiencia: hizo obras maestras diminutas, de una gran intensidad y evanescencia; pero también grandes bloques de plomo en cuyos muros se observaban marcas procedentes tanto de su interior como de su exterior, tanto de presos como de liberadores, además de toda clase de adornos grafiteros que intentaban disimular aquella uniformidad que dejaba paso posteriormente a estanques de extrañas esencias que surgían de su interior formando figuras psicodélicas, en ocasiones. Pero la memoria sufría mucho en estas construcciones, pues hacia batallar para su creación tanto a la fabulación (o post-recuerdo), a la recreación imaginativa (o pre-recuerdo), y a “la realidad” (o recuerdo), lo cual resultaba en una obra magna y plural, completa y caótica, falsa por su excesiva fidelidad a la consciencia en detrimento a los “hechos”, y verdadera precisamente por esa falsedad; esquizofrénica.
Agotada por estos juegos propios de Jan Švankmajer, la mente finalmente callo porque cayo por su fatiga contra el duro suelo de la consciencia más “cuerda”, de modo que yo aproveche para reprocharle su locuacidad a tan altas horas mientras que enmudecía cuando se le pedía colaboración. Pero ella, indiferente, me pregunto por la hora: habían pasado poco menos de tres horas.

Aquello era el colmo: así que le grite e insulte con virulencia y tras el eco de mis replicas sonó un eco más hondo: el silencio se hizo norma. Un silencio total que impedía percibir el paso del tiempo: la falta absoluta de consciencia permitía que la distancia entre un punto y otro del “tiempo objetivo” fuera arbitrariamente pequeña o grande. No había un solo signo de continuidad, una sola perturbación de los sentidos, un solo punto de referencia que pudiera indicar que no estaba muerto o dormido o que el tiempo no se hubiese parado realmente. Estaba completamente absorbido por aquella sensación de vacío, de contemplación pasiva de la nada.

Permanecí en este estado extraño durante un tiempo indefinido hasta que oí de repente un fuerte portazo que me desvelo de aquella especie de subconsciencia: sabia que había dormido porque previo al portazo no escuche sus pasos, ni el microondas, ni nada. Sin embargo, nada dentro de mi parecía indicarlo: una sensación de insomnio embargaba mi mente mientras mi cuerpo se sentía descansado para enfrentarse a un nuevo reto. ¿Habría soñado todos mis pensamientos? ¿Habría soñado que intentaba dormir? ¿O tal vez solo una parte de ello fue un sueño?¿O me mantuve toda la noche en un estado de semi-conciencia?¿O... no lo se...pero creo que voy a escribir sobre esta experiencia. Me pregunto si mis lectores creerán este relato como una ficción o como una recreación de un hecho real . Lo cierto, es que ni tan siquiera yo lo se...

-¡Marcel! ¡Ven ahora mismo al baño!

Parece que no todo fue un sueño...¿o seré sonámbulo?

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