NOTA: Aunque recibiré con los brazos abiertos a cualquier nuevo visitante, especialmente en lo que concierne a los proyectos de Vaho de la Bruma, nótese que este blog permanece enterrado desde Julio de 2013, tras un año de deterioro progresivo y otro de notable silencio (cf. Recapitulación). El Fénix que de estas cenizas quizá nacerá, en Scribd, si es el caso, lo hará.
Derechos: la imagen de cabecera pertenece a Platinum FMD, mientras que la del fondo es de ¿Eric Sin (Depthcore)?

lunes, 22 de agosto de 2011

Oscureciéndose


El sol cae por el abismo inobservable del horizonte mientras mis ojos se alzan por las enredaderas de macabras letras. Madreselvas que trepan por la tapia de mi cordura, nublándola. Hojas que absorben el resplandor de mi sensatez mientras beben de los quiméricos vapores de mi raciocinio, marchitándolos. Flores superiores en sadismo a su padre, pútridas por fuera tanto como yo por dentro. Aromas nauseabundos que evocan a la boca que invoca con su nombre mi futuro: la Muerte.
     El sol ha caído junto al templo de la suspicacia; en los paramos en los que me hayo ya no cabe tal. Me rindo plenamente a sus arenas abrasadoras, pues, para que tatúen sobre mi blanca piel sus nefastos maleficios; quiero de ellos ser víctima. Quiero encarnar el temblor y temor del que sufre. Quiero sentir bajo mis párpados lo que abiertos no ven. Quiero descender a los avernos y que un Virgilo descortés y deforme allí me torture y me abandone. Quiero...
     ¡No!...realmente no; eso no es lo que ansío. El dolor es tan insignificante...yo mismo puedo lesionarme. El infierno no es más que el paraíso de los masoquistas; no me da miedo. El martirio eterno...que banalidad. Yo lo que anhelo es el desasosiego, la amenaza turbadora, la inquietud quebradora,... deshacerme en la nada y besar mis labios en agridulces salsas que mezclen la fascinación por el misterio con su horror y angustia; el no saber...que maravilla, que libertad.
     Deshacerme en la nada...que estas arenas me traguen y me transporten a un mundo largamente buscado que me enseñe a temer, y de qué lo he de hacer. Que sus arenas devoren la piel de mis pies, su carne, sus huesos...que trepen por mis piernas, mis genitales, mi abdomen, mis pulmones, mi corazón, mis brazos y manos, mi cuello, mis dientes y lengua, mi nariz, mis oídos, mis ojos, mi cerebro,... todo...quiero verme desaparecer y sentirme crecer y renacer en otro mundo al que en ultimo punto mi razón alcance; quiero que el tacto de mis pies, ultrasensibles, sea el primero en palparlo, y mi insensible cerebro, el ultimo.
     Solo allí, maniatado por el torturador de almas y no de cuerpos que es el escritor experto, podre tal vez vislumbrar algún día el pánico autentico; no el sobresalto puntual, no el miedo instintivo y primitivo heredado de los antiguos que puede negar fácilmente la razón, no la consciencia de que es un hecho perturbador, macabro o grotesco pero que no enloquece las contracciones de mis ventrículos ni fatiga mis alveolos, no el...¡No! Estoy hablando de la quimera máxima, del terror de urticaria o de migraña, del que sube como el alcohol que imita la espuma de su efervescencia y marea como el zozobrar del impetuoso mar, del que lo inunda todo como ola salina que por entre tus poros se filtra, del fuego y calor que te cocina hasta engullirte, del...
     Mas se que estoy destinado ha fracasar. Cosmopolita... o apatriado, no temo mi destierro. Ascético, no temo a la pobreza, ni la miseria, ni la ausencia de placer; como en Walden, yo solo me basto y autosuficiente en mis placeres me declaro. Ensimismado... no temo la opinión ajena, si es que llego a conocerla. Trascendente... más allá del bien y el mal, consciente de la arbitrariedad de las leyes y el abismo que la separa de la moral social o propia, y aún sabiendo como Thoreau que "bajo un gobierno que encarcela injustamente a alguien, el lugar apropiado para un hombre justo es también una cárcel", no temo- sino más bien deseo- la cárcel de Chaplin y Tiempos Modernos, del mundo civilizado, pues allí mismo podre continuar con mis tareas intelectivas sin preocuparme por mi subsistencia. Masoquista , tampoco temo la cárcel de “expreso de media noche”, viaje de placer temporal antes de retomar, relajado, a mis lecturas, pues nada es eterno. Epicureo, no puedo temer a la muerte, que no existe cuando nosotros sí, sino cuando nosotros no. Ateo, no creo en la ira de Dios; y aún existiendo, preocuparme no debo, pues del mismo modo que yo ignoro a los microorganismos extremofilos, Él me ignoraría a mi. Pesquisón y curioso, cientifista si lo quieres, no temo a lo inentendido y desconocido, enemigos de las ciencias que lo han de descuartizar, y amigos de las prosas lovercraftianas y fantásticas; me fascinan demasiado, esta clase cosas. Y, sobretodo y ante todo, no temo al miedo; no lo temo porque lo deseo.
     De este modo, me frustro y me entristezco, me enfado y me resigno a que, por adogmatico -no atado ni valorando en demasía nada- y deseoso de temer, no lo haya yo de hacer. Que no cumpliendo las reglas de juego, no pueda disfrutar de él en todo su esplendor.

Ese es quien yo querría ser, y sus pensamientos como propios ahora tener, al menos. Sin embargo, incapaz de transgredir esas reglas soy, me temo He intentado con estas ideas, digo, reconfortarme lo suficiente como para atreverme finalmente a abrir la puerta que tengo delante. Pero tras no se cuanto tiempo contemplando sus tiras de color alternado, oscuro y claro, en cuyo interior parecen haber emulsionado cromaticamente, pecosas o grumosas; tiras de formas sinuosas que parecen haber sido dibujadas por la fina estela que describen las gotas de pintura en su demorosa caída, deslizándose como hilos de sudor sobre la exhausta puerta no en un vulgar y caudaloso chorro, sino un sutil regalim; tiras que en su caída forman, en conjunto, un mosaico de matriuskas de rombos que en mi estado próximo al sueño se me confunden con coños; tras innumerables y lentos goteos de segundos, digo, en los que solo la parálisis corporal parece ampararme y en la que ninguna perturbación del entorno me consciencia del paso del tiempo más allá de las deformaciones que padece la puerta descrita en mi mente, un brusco ruido parece haber activado un resorte que me hace voltearme.
     Me acerco a la ventana: es el camión de la basura, de recogida de muebles. Un aire fresco me acaricia, como consolándome y tranquilizándome... nada más lejos: solo me estaba despistando para que obviara la presencia que me acecha a mi espalda. Pero yo soy más listo y agudo de lo que creen, y que me giro rápida y violentamente mientras alzo mi brazo con la intención de golpearle el rostro con mi codo. Ya frente a él...no hay nadie. Froto el lóbulo de mi oreja derecha, infiel mensajero que falsamente me precavió: el viento había destensado con sus susurros el rizo eternamente remolinado por mi dedo índice, en aquel momento ocupado postrándose sobre el alféizar para ver marchar el culpable de mi primer sobresalto, golpeándome el lóbulo, o acariciándomelo cual suave cosquilleo con sus finas puntas.
     Poco a poco, mientras recupero el aliento y la compostura, noto como mis músculos se empiezan a agarrotar de nuevo. Estoy cansado de luchar... ya apenas puedo continuar, o con fuerzas para ello me veo. Impotente, me siento, relajo mi vejiga, y me duermo recostado sobre el frío radiador de cerámica en un cálido charco de orina.

O eso me imagino -si no es que lo sueño, exhausto- antes de sobreponerme y comenzar a andar lentamente hacia la puerta, en un desesperado intento de evitar recaer en la parálisis, postergando al máximo el recorrido; aun así, al instante, mi pie da el ultimo paso. Mi vejiga no aguanta más. Decido dejarme llevar, pues, por la inercia del movimiento, acostumbrado a alzar el brazo hacia el pomo en tal posición. En un estado más inconsciente que consciente, con una libertad de movimientos más propia de lo onírico, abro la puerta mientras imagino entrando en mi cuarto toda la invisible inmundicia del mundo, como si esta no cupiese ya por el resquicio de debajo de la puerta.
     Delante de mi, a un paso -o dos-, la entrada -o salida- de mi hogar. A mi derecha, a un palmo, la despensa, cerradas sus puertas. A mi izquierda, aunque desde donde estoy no lo vea, se extiende un largo -pero no demasiado- pasillo. El baño es la habitación contigua a la mía, a cuatro o cinco palmos.
     Desconozco por completo lo que pueda hallarme al dar el paso y girarme; cualquiera podría ahí esconderse, cualquier cosa podría sorprenderme. Pero desde que he abierto la puerta, he dejado de pensar y torturarme. Me siento temerario.
     Una vez allí, miro en la quietud el horizonte, del que mana una luz amarillenta, en forma de circulo u esfera, que hace empalidecer leve y momentáneamente mi rostro. Es la farola que se halla tras la vidriada terraza cubierta al final de la casa, me recuerdo, mientras avanzo.
     Al hacerlo, plegando mi pierna apresuradamente en tan largo paso dado, mi ojo capta en la periferia un movimiento efímero, un destello, el correr quimérico de algo semejante a lo que se tiene por un fantasma. Tras dudarlo un instante imperceptible, inseguro y temeroso, me giro bruscamente: el particular espejo que tantas carcajadas me proporciono, ahora así me espanta con sus barrocas deformaciones al cruzarlo tan rápidamente. Pienso en retroceder y avanzar el paso alternativamente para comprobarlo, recrearme en ello y reírme de mi estupidez. Pero no quiero perder el tiempo, aunque este lúdico entretenimiento bien pudiera destensarme y acelerar mis desventuras, así como quien ve una comedia después de un terrorífico thiller antes de ir a dormir; yo no soy así... en el fondo, creo que me gusta resquebrajar y esquebrajar mi integridad de esta manera.
     Ligeramente aliviado al racionalizar mis visiones y viéndome próximo a mi meta, alcanzo la puerta del baño, entro y cierro. Cruzo acuciante el espejo, viendo en él mi calaverico e insomne rostro, levanto la tapa del retrete -no sin una cierto resquemor y duda- y meo. De mientras, vigilo la mampara de la bañera. Quisiera abrirla y comprobar que nadie se esconde en su fondo, pero el ruido que haría podría ser aprovechado para abrir la puerta del baño sin yo atisbarlo, atacándome sin poderlo eludir.
     Al terminar, hago lo propio en el lavamanos, además de beber agua y refrescarme la cara. Y así dispuesto, me imagino asustándome al ver algo inusual en el espejo, como un personaje amenazante. Apenas hay espacio para mi, allí, por lo que tendría que ser tan volátil como mis sueños, para caber; pero eso no supone un problema, porque en verdad no forma parte de otro mundo que el de los sueños, las quimeras y la imaginación...o al menos así razonando pretendo apaciguarme.
     Pero pareciéndome esto poco perturbador, como si quisiera maltratar sadicamente mi atormentada mente, me imagino que, a fuerza de imaginarlo, lo materializo... y me estampa la dentadura contra la pica, y me golpea reiteradamente, y mi mandíbula inferior se separa del resto, que cae y rueda sobre el suelo mientras observa como su inerte cuerpo, yo, sigue siendo apaleado.
     No utilizo la toalla: yo mismo me escurro el agua para no tapar mi vista ni un solo momento. Cuando me siento seco, me dispongo a salir. Me coloco frente a la puerta. Confiado, tomo el pomo. El mismo holocausto, así como el fuego del más profundo de los avernos, parece materializarse en él en ese momento. Quise soltarlo, mientras mi rostro se deformaba en grotescas muecas y las paredes retumbaban los ecos de mis exasperados gritos; mas no pude: se había fundido en mi mano y ahora formaba parte de mi ser, deforme.

Este fragmento, que recuerdo entre sombras, de mi lectura, me obliga a tragar saliva. En una posición extraña, retengo un escalofrío para que no me visite ni me amenace; quería comunicarme que, como en mi cuarto, allí no poco tiempo iba a permanecer. Pero le niego, y le retengo, y lo inmovilizo con una llave indescifrable, y le rompo el cuello. No pienso soportarlo más. Que pase lo que tenga que pasar. Abro y salgo. Nada me lo impide. Nada me detiene. Nada me amenaza. Estoy un poco más cerca de mi victoria.
     Miro a ambos lados antes de afianzarme definitivamente en el pasadizo. Si hubiera alguien lo habría visto y me hubiese asustado. Si no mirara a ambos lados, aun habiéndolo, me hubiese ahorrado el sobrecogimiento. Dicen que el ser precavido vale el doble; ahora lo entiendo: es el doble lo que yo siento, la tensión que yo respiro, la sangre que yo bombeo, la vida que yo recorro... A veces me pregunto si tanta precaución es útil, si tanta intensidad es sana.
     Al llegar, me sonrío ante el espejo del pasillo para animarme ante la idea que tengo tres flancos posibles de ataque: el pasillo, el baño y mi dormitorio; los dos primeros a mi espalda. Suena un estruendo y contemplo en el espejo mi rostro desinflarse como un balón disparado. Entre tembleques -por el frío, sin duda, me digo y me consuelo-, me giro sin ganas y sin motivos en vez de resguardarme en mi cuarto; tal es la necesidad imperiosa de mi indomable alma. Un objeto decorativo que saludaba a los invitados y que daba fin al pasillo había caído. Las ventanas están cerradas y no hay corrientes de aire. Siento la necesidad de ir e investigarlo, pero...ahora que estaba tan cerca de mi lecho...ahora precisamente que las flores se abrían para recibirme, emanando de sus cantos la mismísima gloria...
     Enciendo la luz del pasillo con un cierto rencor y no menos vacilación: no hay nada; o si lo hay, no lo vislumbro con mis ya cansados y entrecerrados ojos. Aunque se que mañana sera tarde para averiguarlo, decido abandonar por hoy mis aventuras, pues flaquean mis fuerzas y párpados, incapaces ya de mantener la tensión silente e inmobile a la que se acostumbra el guardia nocturno que termina cediendo ante sus deseos, imposibilitado para mantener su contranatural vigilia, sobresaltandose continuamente a la menor variación del ambiente en lunáticos y cuasi espasmódicos movimientos corporales. Decido, digo, rendirme a las caricias de mis sabanas, a los besos de mi almohada, al tacto de mi alcoba.
     Así pues, mato a la luz con un mero “click”, entro, golpeo levemente con el talón la puerta, cierro la ventana y, cuando me dispongo a dar la vuelta, una idea me impregna: nunca podre ver mi espalda, ni lo que tras ella se oculta...siempre, siempre que tenga que voltearme, temeré... ¡Siempre quedara desprotegida! Por más que como a un perro enajenado de vueltas sobre mi eje, ella nunca abandonara su precaria posición. Aún yo con un retrovisor vigilando, apartando de él mi vista hacia mi frente un instante, al volverla hacia el espejo, sentiría el mismo pesar insondable.
     Afligido por esta fragil semilla de pensamiento, que crece nutrida por mi imaginación incansable, me respondo a mi mismo, optimista, recostandome sobre la cama, recostando mi espalda sobre una superficie cualquiera. Esa es toda mi salvaguarda; así estando no es necesario volverme, no hay nada tras de mi que pueda temer, que pueda atacarme. Y con la tranquilidad ahora conferida al palpitar de mi corazón, cierro los ojos, en paz conmigo mismo.
     De este modo, paulatinamente, noto como me hundo más y más en el sueño, acompañado por el doblegamiento del látex. Sin embargo -o quizá embargandome precisamente en la mayor de mis pesadillas-, cuando pretendo cambiar de posición, tan profundo es el molde creado, que me resulta inconcebible tal movimiento. Asombrado, abro los ojos y me veo enterrado y aterrado a cientos de metros bajo el colchón. En su cima, unos ojos observan -y yo lo observo en sus ojos- como unas zarpas emergen por debajo del colchón que protegía mi espalda, clavándose en mi carne y elevándome hasta él, a medida que el pozo se va llenando con el rojo fluido que gotea desde mis mejillas, sonrosadas por la sangre, pálidas por la muerte.

Con esta imagen me desvelo entre jadeos mientras oprimo con mayor fuerza la manta contra mi cuerpo. Viendo inútil toda precaución para con mi espalda, decido, pues, dormir de lado, para así al menos poder vigilar la puerta y tranquilizarme contemplando la calma y la quietud , la seguridad de una puerta.
     Pero cuando mi consciencia comenzaba a evadirse entre los efluvios de oníricos mundos, y contra todo pronostico propio, contemplo estupefacto cuan absurda era mi pretensión, que me conturba el animo más de lo que me lo calma: ante mi incredulidad, a base de pequeños empujones, la puerta arrimada se entreabre ligeramente.
     Más allá de mis quiméricos divertimientos, siento algo físico y real caer sobre los pies de la cama y acercarse a mi. Esta tan próximo que puedo oír su rítmico y vibrante respirar. Finalmente, tras algunas vacilaciones, se recuesta -o se deja caer como un peso muerto, a juzgar por la brusquedad- tras mi espalda.
     Mi imaginación, en verdad, no da abasto intentando desentrañar que es lo que se esconde en esa presencia. Son múltiples las posibilidades que desfilan, inquietantes, a través de mis quietos ojos, vestidos con piel de párpado. Pero colapsada mi mente, pareceme haber sido abandonado por mi raciocinio, que solo inverosimilitudes concibo.
     De esta manera, tras largas elucubraciones cada vez más surrealistas, alcanzo un punto en el que ignoro si tales percepciones no son si no ya una fabulación inexistente, una sobreinterpretación de la realidad, un producto de mi mente, una suerte de mortuoria beldad, un sueño intangible, un imposible. Mas mi osadía no es tal que permita retrayendo el brazo comprobarlo.
     Así dudando de su existencia, vano es preocuparse por sus intenciones o su esencia. Mi parálisis, aunque persiste, ya no me tensa y agarrota los músculos. Mi deseo de desaparecer, aunque no hace lo propio, mengua lo suficiente como para permitírmelo, desvaneciéndome en el sueño, incapaz de mantener un resorte de alerta que se haya de activar al menor movimiento hostil.

Al día siguiente cuanto mayor es mi asombro cuando, dirigiéndome a la cocina y diciéndome para mis adentros “no vuelvo a esta casa de locos que ni Jardiel Poncel concibe”, recuerdo, al verlo, al gato de mi amigo. Extasiado, lo alzo y lo lanzo hacia el aire recogiéndolo seguidamente varias veces y aclamando “¡Eras tú!”
     Y en esto estando, se oye un ruido a mi espalda y dudo “¿Eras tú, verdad?”.

Dedicado al gato con el que convivo

NOTA: con este relato doy fin a la trilogía ¿Tú aún puedes dormir?

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