NOTA: Aunque recibiré con los brazos abiertos a cualquier nuevo visitante, especialmente en lo que concierne a los proyectos de Vaho de la Bruma, nótese que este blog permanece enterrado desde Julio de 2013, tras un año de deterioro progresivo y otro de notable silencio (cf. Recapitulación). El Fénix que de estas cenizas quizá nacerá, en Scribd, si es el caso, lo hará.
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lunes, 1 de agosto de 2011

A una pregunta


La pregunta ya flotaba en el aire antes siquiera de ser pronunciada: podía sentirla en sus ojos así como en su gesto y pose, inclusive en el escenario elegido y nuestra disposición respecto al mismo; podía sentirla en cada aliento mientras me oprimía arduamente cerebro y pecho, y aún así, fingir. Fingir que no lo sentíamos, ni predecíamos; que no sabíamos lo que aquí iba ocurrir. Sí... fingíamos, y lo hacíamos muy bien: grandes interpretes, sin duda, que trepaban por las madreselvas de circunloquios que no nos conducían a ninguna parte, sorteando momentáneamente la hecatombe; bonita forma de despedirse.

Pero era inevitable: cada nueva silaba que espetaba sonaba en mi cabeza cual disparo de escopeta saliendo silbando por entre sus labios...y fallando. Fallando una y otra vez, adrede, no queriendo terminar tan pronto el juego, acorralando mis piezas sobre el tablero paulatinamente monocolor, no con ansias de tortura, sino de perdurar nuestro encuentro, sufriendo como suya cada nueva víctima de mis hordas. Un divertimiento como cualquier otro, supongo, cuyo deleite habría de pertenecer a un observador ajeno: nadie más podría considerarse ganador de esta batalla.

¿Por qué, entonces? ¿Por qué acometíamos tan cruenta y absurda barbarie...? Solo nuestro escepticismo parecía estar dispuesto a respondernos: el creer que quizás nos estábamos excediendo en nuestras interpretaciones y predicciones; que estábamos obviando algún dato. Y nuestro fingimiento mutuo sin previo acuerdo parecía confirmar vanamente su posible existencia. Aún así, la pregunta debía ser hecha; y esta, como una flecha, habría de firmar sentencia. Una sentencia que retumbaría, cual eco, por las cavernas de nuestro cerebro.

Durante todo aquel fingimiento feliz me pregunte como debería reaccionar llegado el momento, al formularse la cuestión y reabrir la herida latente. Sorprenderme seria ingenuo y aseveraría sus sospechas; pero no inmutarme no me delataría menos. Podría quizás apelar a nuestro degradado pasado humedeciendo mis ojos y postrándome; aunque era ya muy tarde para falsos arrepentimientos que no iban a engañarle ni manipularle. Rebelarme...no era ni una opción. Intentar razonar...probablemente tampoco. Ora mudo, ora charlatán, seria suspicaz; mis palabras, menos lacónicas que mis ojos, mucho no iban a cambiar. Aún declarándome ignorante, dubitativo o receloso ante lo que estas podrían lograr, sabia que “la palabra es mitad de quien la pronuncia, mitad de quien la escucha”, como me recordaba Montaigne, y que nada lograría si nada se quería que lograse... siendo yo responsable de mis palabras, no lo era completamente de sus consecuencias.

¡Maldita hermenéutica plural! Ni un solo lenguaje hay que sea univoco con mis intenciones y en el cual alboree una esperanza... ni la ciencia, construyendo una verdad única mediante su axiomatización intuitiva y arbitraria, puede evitar la proliferación de expresiones dispares que puedan confundirse.... y aún alabando antaño esta ambigüedad, cuando me hallaba al otro lado del tablero y me apropiaba de la verdad en retóricos discursos sofísticos, no puedo sino ahora padecerla como el más terrible y asfixiante de los suplicios concebibles; la agobiante impotencia y frustración me arrastra a tal pensamiento.

Para más inri, todas estas reflexiones repercutirían de un modo u otro en el desenlace. Ya no habría espontaneidad ni fingimiento posible, pues el mejor actor es el que no actúa...ya que por antonomasia, nada puede superar a la realidad en realidad, por inverosímil que a veces esta nos parezca.

Mi necesidad de pensarlo todo demasiado seguramente seria mi condena. Pero ya era tarde...era tarde para no pensar y era tarde para hacer cualquiera de las cosas pensadas...todo llegaba tarde...aunque antes hubiese sido pronto; “el momento adecuado”... bonito cuento. Lastima que como tal, no pertenezca a este mundo.


PS:Homenajeo así, con estas palabras, las tuyas; esa retorica tan característica y grata a mis oídos. Lastima que no fuera suficiente para convencerme, y haya tenido que firmar finalmente tu jaque mate.

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