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domingo, 13 de noviembre de 2011

La filosofía del contraejemplo


La filosofía del contraejemplo no es propiamente una filosofía, si bien se puede considerar una actitud propia del nihilismo o el absurdismo, aunque no se restringe necesariamente a ellas. La filosofía del contraejemplo es más bien una actitud que critica la facilidad de muchos a pronunciar sentencias generales sin mayores consideraciones, y consiste en refutar a estas con contraejemplos (si bien según el contexto esta refutación puede consistir en un ejemplo de existencia).
    La filosofía del contraejemplo, reitero, no es propiamente una filosofía, puesto que no se remite a argumentos ni aboga por ninguna postura concreta (razón por la cual se puede considerar, si un caso, cercana a las corrientes nihilistas o eclécticas), sino, a lo sumo, una actitud, y, ante todo, una critica. Una critica a aquellos que dan en su formulación -ignoro si en su convicción- el mismo rango de verdad a enunciados como 1+1=2 frente a “el hombre es sociable por naturaleza” o cualquier otra premisa propia ajena1. Es una critica a aquellos que hablan de lo que no conocen, y lo denigran o ensalzan ciegamente, cuyo máximo exponente es, quizá, la irónica “el 99% de nuestros ciudadanos creen que las estadísticas mienten” de ciudad K o “La gente se inventa estadísticas con tal de demostrar cualquier cosa, y eso lo sabe el 74% de la gente” de Homer Simpson (polos opuestos de la cultura encontrados en este tópico), o cualquiera de sus versiones. Es, por tanto, y ante todo, una critica a mi mismo.
    La filosofía del contraejemplo es, además, una postura que he adoptado en muchos de mis textos -y conversaciones- y que, desde la perspectiva del tiempo, he decidido cohesionar aquí con esta etiqueta que según Google no ha sido antes adoptada, pero que en verdad describe una actitud tan antigua como el dialogo o la argumentación misma. Textos, digo, que no van a ninguna parte; discusiones que se contrarian sucesivamente; una especie de dialéctica hegeliana que, catastrofista, no converge en ninguna síntesis.
    “Diálogos esquizofrénicos” es el nombre que yo le otorgaba. Sin embargo, considero que no hay esquizofrenia o contradicción ninguna en ellos por cuanto en tanto el contraejemplo ni afirma ni niega, sino que simplemente pone de manifiesto las dificultades de exhibir sentencias generales, mostrando ejemplos y contraejemplos respecto a una misma afirmación. Ni siempre, ni nunca; a veces. Esa es la tesis máxima de esta filosofía (y siendo tan banales o insulsas en información las sentencias de esa clase, podría defenderse también esta postura -o impostura- desde un punto de vista minimalista) .
    Pero, y esto es bueno enfatizarlo, la filosofía del contraejemplo es una burla así misma. Citando a Sekioz: “si menos es más -como afirman los minimalistas-, sea mi silencio mi palabra ( y esta la de todos, como querría Wittgenstein2 [y esto el fin de la belleza de la expresión comunicativa])”. El propio Wittgenstein es consciente de su absurda pero necesaria demanda: “Mis proposiciones esclarecen porque quien me entiende las reconoce al final como absurdas, cuando a través de ellas -sobre ellas- ha salido fuera de ellas”. De este modo, así como quiero criticar a aquellos que hablan sin saber, también quiero animarles a que continúen con su bastarda ingenuidad. Pues, en un mundo desbordado de y por la información, ¿puede acaso alguien afirmar algo con verdadero y absoluto conocimiento de causa? Un ultraespecializado, quizá, podáis pensar... mas viendo como campos diferenciados del conocimiento intercambian ideas3, ¿acaso no es este el más ciego e inculto de todos los idiotas que pueblan esta tierra infesta?

¡bendito y denigrado sea- aún mismo tiempo y con igual intensidad aunque por diferentes motivos- ese culo de mal asiento que todos los libros del conocimiento abre y nada de ninguno de ellos sabe!


NOTAS AL PIE
1Para no repetirme, me remito al principio de un comentario que hice en literaturaNova (que apela indirectamente a la tesis "no le enmiendes la plana al poeta", con lo que quería decir que lo que estaba escrito es lo que el autor había querido decir y no otra cosa, así como a la pistola de Chejov, en cierto sentido: “no se debe introducir un rifle cargado en un escenario si no se tiene intención de dispararlo”) y este otro más reciente, en blogger.
2De lo que no se puede hablar hay que callar. Ultimo axioma y frase de su Tractatus.
3Dolido aún como C.P. Snow por la brecha que separa humanidades de ciencias. Viendo en Derrida un indisoluble filosofo-artista o siendo consciente de la importancia de personajes como Freud, Einstein,... en el campo de la literatura, y viceversa, con el polimata Asimov... Recordando a Nietzsche y sus corrosivas criticas a la ciencia (que la obligan a mayores precauciones, cuidándose en salud), así como reivindicando a Boscovich e influenciandose de Wagner o Dostoyevki. Considerando también... ¿si merece la pena haceros perder más el tiempo con otros ejemplos de existencia que no van añadir, a estas alturas, más credibilidad?   

2 comentarios:

  1. Tiendo a hablar por hablar, lo reconozco. Y todos lo hemos hecho alguna vez. Quizá tanto que ha llegado un momento en el que no nos planteamos si estamos o no a favor de lo que sale de nuestra boca.
    Por mi parte intento evitarlo, como bien creo que debe ser dentro de mis juicios. Sin embargo, toparse con alguien que habla y critica porque sí, repitiendo los rebuznos de la televisión o cualquier persona a mano que se dedique igualmente con casi exclusividad en sus conversaciones a hablar por hablar, puede ser muy entretenido. Aunque también es cierto que debatir siempre se me ha antojado como algo entretenido, divertido incluso. Y es que la elegancia de ir bajando, subiendo o equilibrando la balanza de razón (o de lo que sea que se ponga en cuestión) a base de palabras ha alimentado mi orgullo desde tiempos "lejanos", independientemente de haber ganado o perdido.

    En fin, hablar por hablar, condena y entretenimiento a partes iguales del ser humano. Ya me gustaría ver a mí qué iba a hacer Telecirco sin todo esto.

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  2. Nunca hubiese pensado en Telecinco -cada vez veo menos tele, lo reconozco-, pero por lo que tengo entendido puede ser un buen ejemplo.

    Sin embargo, la pregunta implícita en este texto es: ¿se puede saber sobre algo? ¿se puede no hablar por hablar? O, en otras palabras, ¿El segundo Wittgenstein vence al primero? Es decir, ¿hemos de admitir que no todo el lenguaje es descriptivo -error común desde Aristoteles ya que se analizaba desde un punto de vista lógico-? Y, en ese caso, ¿existe el lenguaje descriptivo (sinónimo de Verdad) o es una construcción ulterior?

    Exista o no, lo que es evidente es que la demanda de silencio de Wittgenstein es absurda, ya que el lenguaje no se limita a describir o informar, algo que reivindico la pragmática, alzando al lenguaje como un acto en sí por parte de Austin y su concepto de enunciado performativo.

    Es por ello que hablar por hablar no es una condena, sino entretenimiento. De hecho, solo sería una condena desde la perspectiva del primer Wittgenstein (y quienes le precedieron), si quisiésemos, como Hegel, hacer converger esa dialéctica en algún punto. Pero una vez nos hemos quitado esa venda prejuiciosa o idealista de los ojos, no hay más que gozo para ellos. Es por ello la reivindicación final: me lamento de lo inaccesible de esa verdad así como me regocijo de la libertad que esto me otorga.

    Escéptico-nihilista total, XD.

    PS: el relato "libro abierto: int..." de el "enajenado y el cambio" que puedes leer en Scribd (no lo publique en blogger) es un poco más explicito, pero sin entrar en toda la patraña filosófica que te acabo de contar.

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El pudor es un estigma social: descuartizame, y mis manos resquebrajadas te aplaudirn.