NOTA: Aunque recibiré con los brazos abiertos a cualquier nuevo visitante, especialmente en lo que concierne a los proyectos de Vaho de la Bruma, nótese que este blog permanece enterrado desde Julio de 2013, tras un año de deterioro progresivo y otro de notable silencio (cf. Recapitulación). El Fénix que de estas cenizas quizá nacerá, en Scribd, si es el caso, lo hará.
Derechos: la imagen de cabecera pertenece a Platinum FMD, mientras que la del fondo es de ¿Eric Sin (Depthcore)?

domingo, 1 de enero de 2012

El prestigio de Sade II: Ateísmo y la Biblia como el experimento situacionista de mayor éxito histórico


Por supuesto: Sade no es el primero ni el único que ha hecho una interpretación alternativa y jocosa del origen de la cristiandad, la religión predominante en la historia de Occidente. Aitor (colaborador en "La alquimia de la sinergia"), por ejemplo, colega de bachiller, apelo en su Treball de Recerca a Jesucristo como el primer gran vendedor de la historia, como el paradigma y modelo a seguir por los eruditos del marketing y los estudiosos de la publicidad: que forme parte de la cultura general de nuestra sociedad tras 2000 años o que la Biblia haya sido (y sea) el libro más vendido desde entonces así lo corrobora.¿Se imaginan que un anuncio o producto obtuviese tal repercusión?Ni Coca-Cola...
    Efectivamente, Sade no es novedoso, al menos hoy, en este aspecto, en un mundo consternado por las teorías conspiratorias. Y, permitiéndome ciertas licencias, tampoco lo es desde una perspectiva histórica, amparándome en Evémero y "su opinión sobre que los dioses sólo eran gobernantes deificados, conquistadores y fundadores del pasado, y que sus cultos y religiones eran en esencia la continuación de reinos desvanecidos y estructuras políticas pasadas". Así mismo, Hobbes, Toland y otros coetaneos "entendían la religión en términos históricos, viendo la verdad religiosa separada de la iglesia".
    Por otra parte, el materialismo que propugna o el problema del mal que señala (y que reproduzco entre claudators para contextualizar la idea que anuncio en el titulo y que Sade expone a continuación) tiene sus raíces en la Grecia Antigua, si bien es cierto que el poder de la Iglesia (lease Inquisición) acallaba fácil y rápidamente esas voces antes de la Ilustración. Tanto es así que "el primero en negar la existencia de Dios y proclamar su ateísmo desde la época clásica fue el barón d'Holbach en su obra de 1770" Sistema de la Naturaleza.
    Si bien es verdad que las obras de Sade son ligeramente posteriores a Holbach, o que el ateísmo gano prestigio entre los intelectuales de la época y se reflejo en todas las obras del tiempo, también lo es que la radicalidad de Sade destaca por encima del resto -fue como una especie de oveja negra-. Sin embargo, o por ello mismo, no se le cita en los artículos de Wikipedia: Ateísmo, Historia del ateísmo o Ateísmo en la ilustración. Y, en general, no recuerdo que se le citara nunca en argumentos ateos. Esto es debido, supongo, a que, por una parte, en un sentido filosófico/ontologico (como hace Kant por esas fechas en su critica a la razón pura,ie, a la metafisica, si bien tampoco es citado, ya que se prefiere como filosofo ateo de la época a Hume,declarado y activista, diferencia clave con Kant), no aporta argumentos absolutamente novedosos al respecto (aunque su visión de la Biblia me parece digna de mención y reivindicación aquí, y es la causa de esta entrada), y, por otra parte, en el aspecto más literario/consecuencialista al que remite el carácter radical de sus propuestas, fue mejor ejemplificado por autores que admitieron su influencia, como Flaubert, Dostoievsky (quien a su vez influyo en Nietzsche), Rimbaud o los surrealistas, sin olvidar al ya citado Bataille.
 
Así pues, sea:


"[DOLMANCÉ: Pues bien, si está demostrado que el hombre sólo debe su existencia a los planes irresistibles de la naturaleza; si está probado que, tan antiguo sobre este globo como el globo mismo, no es, como el roble, como el león, como los minerales que se encuentran en las entrañas de este globo, más que una producción necesitada por la existencia del globo, y que no debe la suya a nadie; si está demostrado que ese Dios, a quien los tontos miran como autor y fabricante único de todo lo que vemos, no es más que el nec plus ultra de la razón humana, el fantasma creado en el instante en que esa razón ya no ve nada más, a fin de ayudar a sus operaciones; si está probado que la existencia de ese Dios es imposible, y que la naturaleza, siempre en acción, siempre en movimiento, saca de sí misma lo que a los tontos place darle gratuitamente; si es cierto, suponiendo que ese ser inerte exista, sería con toda seguridad el más ridículo de los seres, puesto que no habría servido más que un solo día y luego durante millones de siglos estaría en una inacción despreciable; suponiendo que exista como las religiones
nos lo pintan, sería con toda seguridad el más detestable de los seres, puesto que permite el mal sobre la tierra cuando su omnipotencia podría impedirlo; si, digo yo, todo esto estuviera probado, como indiscutiblemente lo está, ¿creéis entonces, Eugenia, que la piedad que vincule al hombre con ese Creador imbécil, insuficiente, feroz y despreciable, sería una virtud muy necesaria?
EUGENIA, a la Sra. de Saint Ange: ¿Cómo? ¿De veras, amable amiga, que la existencia de Dios sería una quimera?
SRA. DE SAINT-ANGE: Y, a todas luces, una de las más despreciables.
DOLMANCÉ: Hay que haber perdido el sentido para creer en ella. Fruto del pavor de unos y de la debilidad de otros, ese abominable fantasma, Eugenia, es inútil para el sistema de la tierra; infaliblemente la perjudicaría, porque sus voluntades, que debieran ser justas, jamás podrían aliarse con las injusticias, esenciales alas leyes de la naturaleza; porque constantemente debería querer el bien, mientras que la naturaleza sólo tiene que desearlo como compensación del mal que sirve a sus leyes; porque sería preciso que actuase siempre, y la naturaleza, que tiene la acción perpetua por una de sus leyes, no podría sino encontrarse en competencia y oposición perpetua con el. Pero, se dirá a es-
to, Dios y la naturaleza son la misma cosa. ¿No sería un absurdo? La cosa creada no puede ser igual al agente que crea: ¿es posible que el reloj sea el relojero? Pues bien, continuarían, la naturaleza no es nada, es Dios quien lo es todo. ¡Otra tontería! Necesariamente ha de haber dos cosas en el universo: el agente creador y el individuo creado.Ahora bien, ¿cuál es ese agente creador? Tal es la única dificultad que hay que resolver: ahí tienes la única cuestión que hemos de contestar.
   Si la materia actúa, se mueve, por combinaciones que nos son desconocidas; si el movimiento es inherente a la materia, si ésta sola, en fin, puede, debido a su energía, crear, producir, conservar, mantener, equilibrar en las llanuras inmensas del espacio todos los globos cuya vista nos sorprende y cuya marcha uniforme, invariable, nos llena de respeto y de admiración, ¿qué necesidad habrá de buscar un agente extraño a todo esto, puesto que esa facultad activa se encuentra esencialmente en la naturaleza misma, que no es otra cosa que la materia en acción? Vuestra quimera deífica, ¿aclara algo? Desafío a queme lo prueben. Suponiendo que me engañe respecto a las facultades internas de la materia, se me plantea una dificultad por lo menos. ¿Qué hacéis presentándome para resolverla a vuestro Dios? Me planteáis otra más. ¿Y cómo queréis que admita por causa de lo que no comprendo algo que comprendo menos aún? ¿Será en medio de los dogmas de la religión cristiana que he de examinar... donde se me aparecerá vuestro espantoso Dios?Veamos un poco cómo me lo pinta...
    ¿Qué veo en el Dios de ese culto infame a no ser un inconsecuente y bárbaro que crea hoy un mundo de cuya construcción se arrepiente al día siguiente? ¿Qué veo sino un ser débil que jamás puede hacer que el hombre se pliegue a lo que él querría? Esta criatura, aunque emanada de él, le domina; ¡puede ofenderle y merecer por ello suplicios eternos! ¡Qué ser tan débil ese Dios! ¡Cómo! ¿Ha podido crear todo cuanto vemos y le es imposible formar un hombre a su guisa? Pero, me responderéis a esto, si lo hubiera creado así, el hombre no habría tenido mérito. ¡Qué simpleza! ¿Y qué necesidad hay de que el hombre merezca de su Dios? De haberlo formado completamente bueno, jamás habría podido hacer el mal, y desde ese momento la obra era digna de un Dios. Es tentar al hombre dejarle que elija. Y Dios, por su presciencia infinita, sabía de sobra lo que de ello resultaría. Desde ese momento, pierde adrede, por tanto, a la criatura que él mismo ha formado. ¡Qué horrible Dios ese Dios! ¡Qué monstruo! ¡Qué perverso más digno de nuestro odio y de nuestra implacable venganza! Sin embargo, poco satisfecho de tan sublime tarea, inunda al hombre para convertirlo; lo quema, lo maldice. Nada de todo esto lo cambia. Un ser más poderoso que ese despreciable Dios, el Diablo, que sigue conservando su poder, que sigue pudiendo desafiar a su autor, consigue constantemente, mediante sus seducciones, corromper el rebaño que se había reservado el Eterno. Nada puede vencer la energía de ese demonio en nosotros.] ¿Qué imagina entonces, según vosotros, el horrible Dios que predicáis? No tiene más que un hijo, un hijo único que posee de no sé qué comercio carnal; porque igual que el hombre jode, éste ha querido que su Dios joda también; envía desde el cielo a esa respetable porción de sí mismo. Tal vez alguien imagine que esta sublime criatura ha de aparecer sobre rayos celestiales, en medio del cortejo de los ángeles, a la vista del universo entero... Nada de eso, sino en el seno de una puta judía; es en medio de un cortijo de cerdos donde se anuncia el Dios que viene a salvar la tierra. ¡Ésa es la digna extracción que le prestan! Pero su honorable misión, ¿nos resarcirá? Sigamos un instante al personaje. ¿Qué dice? ¿Qué hace? ¿Qué sublime misión recibimos de él? ¿Qué misterio va a revelar? ¿Qué dogma nos va a prescribir? ¿En qué actos, en fin, va a resplandecer su grandeza?
     Veo en primer lugar una infancia ignorada, algunos servicios, indudablemente muy libertinos, prestados por ese bribonzuelo a los sacerdotes del templo de Jerusalén; luego una desaparición de quince años, durante la que el bribón va a envenenarse con todas las enseñanzas de la escuela egipcia, que finalmente introduce en Judea. Apenas reaparece, su demencia empieza por hacerle decir que es hijo de Dios, igual a su padre; a esta alianza asocia otro fantasma que denomina Espíritu Santo, ¡y asegura que estas tres personas no deben ser más que una! ¡Cuanto más sorprende a la razón este ridículo misterio, más afirma el bellaco que hay mérito en adoptarlo..., peligros en aniquilarlo! Asegura el imbécil que es para salvar a todos por lo que él ha tomado carne, aunque Dios, en el seno de un hijo de los hombres; ¡y los sorprendentes milagros que han de vérsele realizar, convencerán pronto de ello al universo! En una cena de borrachos, en efecto, el pícaro cambia, según se dice, el agua en vino; en un desierto, alimenta a varios malvados con provisiones ocultas que sus secuaces tenían preparadas; uno de sus camaradas se hace el muerto, y nuestro impostor lo resucita; se traslada a una montaña, y allí, solamente delante de dos o tres amigos suyos, hace un juego de manos que haría avergonzarse al peor prestidigitador de nuestros días.
    Maldiciendo además con entusiasmo a quienes no crean en él, el tunante promete los cielos a todos los tontos que le escuchen. No escribe nada, dada su ignorancia; habla muy poco, dada su imbecilidad; hace aún menos, dada su debilidad, hasta que cansando finalmente a los magistrados, impacientados por sus discursos sediciosos, aunque muy raros, el charlatán se hace crucificar tras haber asegurado a los pillos que le siguen que, cada vez que lo invoquen, descenderá a ellos para que se lo coman. Le torturan, él deja que lo hagan. El señor su padre, ese Dios sublime de quien osa decir que desciende, no le presta la menor ayuda, y ya tenemos al tunante tratado como el último de los criminales, de los que tan digno era de ser el jefe.
    Sus satélites se reúnen: «Estamos perdidos, dicen, y todas nuestras esperanzas se desvanecerán si no nos salvamos con una hazaña, con un golpe de efecto. Emborrachemos a la guardia que rodea a Jesús; robemos su cuerpo, publiquemos que ha resucitado: la estratagema es segura; si conseguimos que crean en esta bribonada, nuestra nueva religión se sostendrá, se propagará, seducirá al mundo entero... ¡Manos a la obra!» Emprenden el golpe, tienen éxito. ¿A cuántos bribones la audacia no ha valido tanto como el mérito? El cuerpo es robado; los tontos, las mujeres y los niños gritan cuanto pueden, y, sin embargo, en aquella ciudad donde tan grandes maravillas acaban de realizarse, en esa ciudad teñida por la sangre de un Dios, nadie quiere creer en ese Dios; no se produce ni una sola conversión. Es más: el hecho es tan poco digno de ser transmitido que ningún historiador habla de él. Sólo los discípulos de ese impostor piensan en sacar partido del fraude, pero no por el momento.
    La siguiente consideración es también muy esencial: dejan transcurrir varios años antes de hacer uso de su insigne bribonada; erigen, finalmente, sobre ella el edificio vacilante de su repugnante doctrina. Todo cambio place a los hombres. Cansados del despotismo de los emperadores, se les hacía necesaria una revolución. Escuchan a estos trapaceros, progresan rápidamente: es la historia de todos los errores. Pronto los altares de Venus y de Marte son sustituidos por los de Jesús y María; se publica la vida del impostor; esta insulsa novela encuentra víctimas; se le hace decir cien cosas en las que jamás pensó; algunas de sus ridículas frases se vuelven pronto la base de su moral, y, como esta novedad se predicaba a los pobres, la caridad se convierte en la primera virtud. Se instituyen ritos extravagantes bajo el nombre de sacramentos, el más digno y más abominable de los cuales es ése por el cual un sacerdote, cubierto de crímenes, tiene no obstante, por la virtud de algunas palabras mágicas, el poder de hacer llegar a Dios en un trozo de pan.
    No lo dudemos; desde su mismo nacimiento este culto indigno habría sido destruido sin remisión si no hubieran empleado contra él otras armas que las del desprecio que merecía; pero se les ocurrió perseguirlo; creció; el medio era inevitable. Que traten de cubrirlo, incluso hoy, de ridículo, y caerá. El hábil Voltaire no empleaba otras armas, y es de todos los escritores el que puede vanagloriarse de haber hecho más prosélitos. En una palabra, Eugenia, ésta es la historia de Dios y de la religión; ved el caso que tales fábulas merecen, y decidíos sobre ellas en consecuencia."

Extracto de La filosofia en el tocador.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

El pudor es un estigma social: descuartizame, y mis manos resquebrajadas te aplaudirn.