NOTA: Aunque recibiré con los brazos abiertos a cualquier nuevo visitante, especialmente en lo que concierne a los proyectos de Vaho de la Bruma, nótese que este blog permanece enterrado desde Julio de 2013, tras un año de deterioro progresivo y otro de notable silencio (cf. Recapitulación). El Fénix que de estas cenizas quizá nacerá, en Scribd, si es el caso, lo hará.
Derechos: la imagen de cabecera pertenece a Platinum FMD, mientras que la del fondo es de ¿Eric Sin (Depthcore)?

domingo, 15 de enero de 2012

Yehá y la filosofía


No lo he encontrado en la Red, así que lo transcribo:

“Siendo Tamerlán emperador, llegó a la corte un extraño personaje que dijo que tenía algunas preguntas que hacer y que, si en la ciudad había sabios versados en ciencia, deseaba ponerlos a prueba. Tamerlán reunió a los más notables del pueblo y les dijo:
-Ha llegado un sabio extranjero que quiere probar nuestros conocimientos. Tiene pinta de saber mucho y si el que se pone frente a él no es también un sabio, dirá que aquí somos todos unos ignorantes. Y si tal noticia se extiende, desaparecerá el respeto que nos tienen los demás pueblos.
Los notables se reunieron por su cuenta y deliberaron largo rato sobre la cuestión. No encontraban ningún sabio entre ellos, pero había que dar con alguna solución. Consultaron el caso con otras gentes y, después de mucho cavilar y buscar, llamaron a Yehá. Enterado éste del problema, les dijo:
-Dejad este asunto sobre mi cabeza.

El día designado fueron todos a la plaza del pueblo. En lugar preferente estaba Tamerlán, rodeado de sus guerreros. Llegó el extranjero y se situó junto al trono real. Poco después, apareció Yehá. Llegó ceremoniosamente, vestido con un gran turbante y amplia chilaba, y se sentó a la derecha del soberano.
Tras beber unos refrescos y descansar un poco, se levantó el extraño personaje, se dirigió al centro de la plaza y marcó un círculo. Con la vista puesta en Yehá, esperó contestación. Se levantó Yehá y puso su bastón de manera que dividió el círculo en dos partes. Y se quedó mirando al otro.
Entonces, el extranjero colocó sus manos en forma de círculo, y luego, con los dedos extendidos, las elevó al cielo varias veces. En respuesta, Yehá bajó las manos hacia el suelo repetidamente, abriendo y cerrando los dedos.
Después, el extranjero comenzó a andar a cuatro patas, y señalo hacia su vientre, como si saliera algo de él. Yehá, tranquilamente, sacó del bolsillo un huevo, y se puso a mover los brazos como si volara. La prueba había terminado.
El extranjero, muy sorprendido, se acercó a Yehá con gran respeto, besó sus manos con reverencia y felicitó al Rey y a los notables por tener entre ellos a tan destacadísima figura de la filosofía y de la ciencia. Entonces, todos abrazaron a Yehá por su triunfo y le hicieron riquísimos regalos.

Cuando el público se hubo marchado, los notables llevaron aparte al extranjero y le dijeron:
-No comprendemos las señales que has cambiado con Yehá. ¿Qué significaban?
Contestó el extranjero:
-Con mi primera señal indiqué que la Tierra es grande y redonda. Yehá lo entendió y la dividió en dos partes: hemisferio norte y hemisferio sur. Con la segunda señal me refería a lo que de la Tierra nace y sus misterios, elevando mis manos al cielo, a la manera de los árboles y las fuentes. Yehá entonces bajó las manos hacia el suelo, indicando las lluvias y la fuerza del sol, como el origen de lo que en la Tierra nace. Después le hice una señal sobre los nacimientos y la multiplicación de los seres, y él sacó un huevo y lo puso a volar, dando a entender la forma de nacimiento de las aves. Ciertamente, Yehá es uno de los mejores filósofos que he conocido; podéis estar satisfechos.

Cuando se hubo marchado el extranjero, los notables pidieron a Yehá que les explicase por qué había dado aquellas respuestas.
-Mirad-les dijo-, lo que le pasa a este individuo es que tiene tanta hambre como yo. Primero marcó en el suelo el tamaño de la tarta que se comería. Yo la dividí en dos para indicarle que repartiríamos la tarta como hermanos. Le pareció bien. Luego señalo una olla de arroz que se cocía a la lumbre. Yo le indiqué que había que ponerle sal y pimienta. Así resolví la cuestión. Por último, andando a cuatro patas, me dijo que, del hambre que tenía, no aguantaba de pie y se le retorcía la barriga. Yo le contesté que tenía más hambre que él y que era capaz de volar, aunque fuese sólo por un huevo.
Los que le habían oído dijeron:
-En verdad que esto es lo más extraordinario que puede imaginarse.
Y, riendo a carcajadas, se marchó cada cual para su casa.”

Anonimo
Cuentos de Yehá (Adaptación), de Tomás García Figueras

Nota: lo he transcrito para poderlo citar en apología al nonsense (o de la imposibilidad del lenguaje) que remasterice hace algún tiempo. 

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