NOTA: Aunque recibiré con los brazos abiertos a cualquier nuevo visitante, especialmente en lo que concierne a los proyectos de Vaho de la Bruma, nótese que este blog permanece enterrado desde Julio de 2013, tras un año de deterioro progresivo y otro de notable silencio (cf. Recapitulación). El Fénix que de estas cenizas quizá nacerá, en Scribd, si es el caso, lo hará.
Derechos: la imagen de cabecera pertenece a Platinum FMD, mientras que la del fondo es de ¿Eric Sin (Depthcore)?

sábado, 25 de febrero de 2012

El contrato social, Rousseau y La colina de Watership

Las ciencias, las letras y las artes, menos despóticas y más potentes acaso,
 tienden guirnaldas de flores sobre las cadenas de hierro de que están cargados, 
sofocan en ellos el sentimiento de esa libertad original para la que parecían haber nacido


      —¿La madriguera? ¿Vais a la madriguera? ¡Sois unos estúpidos! ¡La madriguera sólo es un agujero mortal! ¡Ese lugar es un asqueroso antro de elil! ¡Una trampa, por doquier y cada día! Eso lo explica todo, todo lo sucedido desde que vinimos aquí.
      Se quedó inmóvil y sus palabras parecieron arrastrarse bajo la luz del sol, sobre la hierba.
      —Escucha, Diente de León. Te gustan las historias, ¿verdad? Te contaré una, una que haría llorar a El-ahrairah. Érase una vez una bonita madriguera en el lindero de un bosque, una madriguera que miraba hacia los prados de una granja. Era grande y albergaba a muchos conejos. Entonces, un día, llegó la ceguera blanca y los conejos enfermaron y murieron. Pero algunos sobrevivieron, como suele suceder. La madriguera quedó casi vacía. Un día el granjero pensó: «Podría aumentar esos conejos, hacerlos parte de mi granja... su carne, su pelaje. ¿Por qué habría de molestarme en tenerlos en jaulas? Ya están bien donde están.» Empezó a disparar contra todos los elil: lendri, homba, comadrejas, lechuzas. Sacaba comida para los conejos, pero no la ponía demasiado cerca de la madriguera. De este modo tuvieron que acostumbrarse a transitar por los campos y el bosque. Y entonces les puso trampas, no demasiadas, sólo las imprescindibles, pues no quería ahuyentarlos ni destruir la madriguera. Los conejos se hicieron grandes, fuertes y sanos, porque se preocupó de que tuvieran lo mejor de todo, especialmente en invierno, y no había nada que temieran, excepto el nudo corredizo del seto y del sendero del bosque. Así, vivían como él quería que vivieran y siempre había algunos que desaparecían. Los conejos se volvieron extraños, diferentes de otros conejos. Sabían muy bien lo que sucedía, pero incluso entre ellos simulaban que todo iba bien, porque la comida era buena, estaban protegidos y no tenían nada que temer salvo una cosa, y esa cosa sólo atacaba de vez en cuando, y nunca a demasiados a la vez a fin de no ahuyentarlos. Olvidaron las costumbres de los conejos salvajes. Olvidaron a El-ahrairah porque, ¿de qué les servían los trucos y la astucia viviendo en la madriguera del enemigo y pagando el precio que éste les pedía? Descubrieron otras maravillosas artes para sustituir a trucos y leyendas. Danzaban en una salutación ceremoniosa. Cantaban como los pájaros y dibujaban figuras en las paredes; y aunque esto no podía ayudarles en nada, pasaban el tiempo y les permitía considerarse tipos estupendos, la flor y nata de la raza conejil, más listos que las urracas. No tenían ningún Conejo Jefe, no, porque ¿cómo iban a tenerlo? Porque un Conejo Jefe debe ser El-ahrairah para su madriguera y guardarlos de la muerte: y aquí sólo había una muerte, ¿y qué Conejo Jefe hubiera podido encontrar solución a semejante problema? En su lugar, Frith les enviaba extraños cantores, hermosos y enfermizos como agallas de roble, como acericos de petirrojos en el escaramujo. Y como no podían soportar la verdad, estos cantores, que en otro lugar podrían haber sido sabios, se sentían oprimidos por el terrible peso del secreto de la madriguera hasta que escupían delicadas locuras... sobre dignidad y aquiescencia y cualquier otra cosa que pudiera hacer creer que el conejo amaba el alambre brillante. Pero tenían, eso sí, una regla estricta; oh, sí, la más estricta. Nadie debía preguntar nunca el paradero de otro conejo y quienquiera que preguntase «¿dónde?», salvo en una canción o en un poema, debía ser silenciado. Decir «¿dónde?» era malo, pero hablar abiertamente de los alambres era intolerable. Por eso arañarían y matarían.
        Calló. Nadie se movió. Entonces, en medio del silencio, Pelucón se levantó, tambaleándose, vaciló un momento, dio unos pasos inseguros en dirección a Quinto y cayó de nuevo. Quinto hizo caso omiso de él, pero miró uno por uno a los otros conejos. Luego empezó a hablar otra vez.
      —Y entonces llegamos nosotros, por la noche, a través del brezal. Conejos salvajes, que hacían agujeros en el valle. Los conejos de la madriguera no aparecieron . Necesitaban reflexionar sobre lo que convenía hacer. Pero no tardaron en encontrar la solución. Traernos a la conejera y no decir nada. ¿No lo veis? El granjero sólo tiende algunas trampas cada vez y, si un conejo muere, los otros vivirán más tiempo. Zarzamora, tú sugeriste que Avellano les contara nuestras aventuras, pero no cayó bien, ¿verdad? ¿Quién quiere oír sobre hechos valerosos cuando está avergonzado de los propios y a quién gusta un cuento sincero relatado por alguien a quien está engañando? ¿Queréis que continúe? Os aseguro que todo lo sucedido aquí encaja como una abeja en una dedalera. ¿Y decís que los matemos y nos quedemos con la gran madriguera? ¡Nos quedaremos con un techo de huesos, colgados de alambres brillantes! ¡Nos quedaremos con el sufrimiento y la muerte! 

Extracto de La colina de Watership, de Richard Adams, capitulo 17


El hombre nace libre, pero en todos lados está encadenado
Rousseau


Advertencia: el titulo se refiere al concepto de contrato social, no a la obra homónima de Rousseau.

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El pudor es un estigma social: descuartizame, y mis manos resquebrajadas te aplaudirn.