Cuando
uno muere, en la tumba
se
queda encerrada el alma,
hasta el día que en la losa
rueda de amor una lágrima.
El sol el llanto evapora,
y en el vapor, a las altas
regiones del cielo asciende
tranquila y feliz el alma.
¡Triste de aquel que en su muerte
ninguna lágrima arranca!
¡No tiene quien lo redima
ni quien liberte su alma!
hasta el día que en la losa
rueda de amor una lágrima.
El sol el llanto evapora,
y en el vapor, a las altas
regiones del cielo asciende
tranquila y feliz el alma.
¡Triste de aquel que en su muerte
ninguna lágrima arranca!
¡No tiene quien lo redima
ni quien liberte su alma!
...
Esto
recitaba Gautier Benítez en su Redención.
Y, de ser cierto, podrían darse por satisfechos; muchas lágrimas se
han derramado ya. Mas eso es algo que simplemente no puedo comprender
de ustedes o, aún mejor, no dice nada bueno de ustedes, pues,
hagamos uso de la razón fría para bajar así el hinchazón de este
dolor, se entierra en una iglesia, luego los he de tomar por
cristianos; al menos a los organizadores, aunque sé de buena tinta
-la propia- que aquí la iglesia es como los corralillos
del barroco:
punto de encuentro y conversación para todos; no en vano, está tan
arraigado ese sentimiento cristiano que mi abuela se quejaba a mi
madre de dejar a sus nietos como a unos perdidos por no haber hecho
estos la comunión, ¡qué cosas!. Y dados cristianos, son también
con ellos dados cielo e infierno, bien lo lamento. Razonemos, pues, a
partir de esto:
Si
subiera al cielo, o mejor dicho, si así lo creyesen, alegría sus
corazones llenar debiera, mas no lo hace; “¡¿por qué?!”, me
pregunto: sólo la envidia a esta contradicción me responde... Mas
ahora imaginemos que la porfía fue su amiga y la malicia su querida,
o, reitero, así lo creyesen ¿su llanto no seria acaso entonces un
insulto al difunto, un oprobio imperdonable? De
mortuis nil nisi bonum, dicen
nuestros viejos sabios -consejo, por cierto, que hasta
los difamadores acatan-: De los
muertos no digas nada a menos que sea algo bueno,
significa. Cruel entonces, este llanto o canto acusativo.
En efecto, nunca,
nunca comprenderé porque llora un cristiano la muerte de un ser
querido. Porque no, no nos estanquemos en falsos dilemas y
reduccionismos1:
no es el cristiano, quien la llora; es el humano, la persona. La
persona en él encerrado, la persona que llora por ella misma2;
por los que aún están en la Tierra y han de sufrir su perdida y
ausencia, y han de recordar lo finito de la vida. Es un llanto
egoísta.
Eternas
enemigas, razón y fe, ahora se me antojan igual de apáticas, cual
hermanas siniestras: el corazón es el
tercer estamento, ellas espejos
opuestos: uno basado en axiomas, el otro en métodos. El corazón,
por contra, les es ajeno; a ellas, y a toda causa o precepto: “la
rosa es sin porqué, florece porque florece, / no se cuida de sí
misma, no pregunta si se la ve”. Tal es la aristotélica
entelequia con la que tratamos, que nos lleva a afirmar: “cuando
quiero llorar, no lloro, / y a veces lloro sin querer...”. Así
es:
no hay causa -conocida o controlada- que la justifique o la convoque,
no tiene raíz sino ella misma, ni depende o puede ser forzada por
terceros; se siente cuando se siente, se apaga cuando se apaga. Amo
quia amo, amo ut amem;
Amo
porque amo, amo tan sólo para amar.
Así,
y resumiendo, la
fe, tanto como la razón, no llevan más que a convicciones frías
que no incitan al llanto ni a la alegría, que no reflejan en nada
nuestra actuación ultima. No se escuden ni intenten consolar con
ellas, por tanto; falso, ingrato e infructuoso sería.
Nota 1: para otra parodia a este
extraordinario fenómeno que es el de los funerales (al menos para
todo aquel con complejo de antropólogo) puede leerse “conducta
en los velatorios” de Cortazar (recitado
por él mismo).
Nota 2: En la cultura cristiana
(y en la platónica previa) es habitual una cierta apología a la
muerte (que ferozmente criticó Nietzsche y) que en verdad seria
interesante considerar para -añadir al- reproche expuesto (cito como
ejemplos la mística “vivo
sin vivir en mí” y la razonada “el
día de año viejo”), pero creo que lo dicho debería ser
suficiente para constatar al menos dos ideas:
-El abismo insondable habido entre los
sentimientos y las convicciones, sean del índole que sean
(religiosas, lógicas, estéticas, éticas, políticas,...), que
distinguió claramente Hume,
y la cuestión
- Consecuencialmente hablando, ¿De que
sirve creer en una religión si ello no te salvaguarda del dolor de
-y el miedo a- la muerte, el cual seria uno de los beneficios
fundamentales de esa creencia, y el que motiva la apuesta
de Pascal?
Hago notar, sin embargo, que cuando
uno se pregunta por la utilidad -no
así por los fundamentos- de la igualmente insensible razón, se
obtiene una respuesta más optimista, dado que esta al menos nos
beneficia con la tecnología y la ciencia. Como
le respondía Laplace a Lagrange: "Aunque esa hipótesis
[Dios] pueda explicar todo, no permite predecir nada".
En verdad aprecio más que otros, lo
que la religión ha hecho por la humanidad (origen y desarrollo de la
astronomía y las artes3
- y con estas, parte de la ciencia-, así como el surgimiento de las
primeras normas éticas de las cuales habrían de nacer nuestro
sistema jurídico, sin olvidar que fueron motivo de inspiración -y
sustento- para algunos artistas y pensadores [Kierkegaard, Dostoyevski, Bergman,...] o frenaron ciertas
epidemias con prohibiciones que hoy resultan absurdas, como comer
carne de cerdo en el islam,etc.), pero creo que sus instituciones (y
su uso “fraudulento”, mesiánico) hace mucho tiempo que debería
haber desaparecido. Pero en esto ya no hace falta
insistir: muchos
lo defienden ya por mi.
1La
persona reducida a su fe.
2cf.
Fuenteovejuna,
366-420, postura de Mengo; eso es lo que defiendo.
3Las
pinturas rupestres eran una suerte de conjuros para tener buena
suerte en la cacería. Las pirámides egipcias, los templos aztecas
o mesopotámicos, las catedrales,... hacían un uso importante de
ingeniería civil, por no hablar de sus trampas o ingenios varios
basados en hechos científicos generalmente desconocidos por el
pueblo, de manera que les servía para someterles/manipularse. Etc.

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El pudor es un estigma social: descuartizame, y mis manos resquebrajadas te aplaudirán.