NOTA: Aunque recibiré con los brazos abiertos a cualquier nuevo visitante, especialmente en lo que concierne a los proyectos de Vaho de la Bruma, nótese que este blog permanece enterrado desde Julio de 2013, tras un año de deterioro progresivo y otro de notable silencio (cf. Recapitulación). El Fénix que de estas cenizas quizá nacerá, en Scribd, si es el caso, lo hará.
Derechos: la imagen de cabecera pertenece a Platinum FMD, mientras que la del fondo es de ¿Eric Sin (Depthcore)?

viernes, 8 de febrero de 2013

Carnavales en Ciudad K


https://docs.google.com/file/d/0BwmSXKjYnL20eFB1cnVsUmpKXzg/edit

Después de una extensa, logocéntrica y estéril conversación/discusión en la que intentamos preponderar nuestra predilección personal sobre la ajena y convencer con ello de ésta a nuestro interlocutor/oponente, profundamente ensimismados en nuestros monismos ontológicos respectivos y teniendo bien a mano nuestros manuales de teoría de la justificación y argumentación, decidimos admitir al fin, aun con cierto recelo, que tales no eran universales si no que dependían del modelo de realidad/pensamiento, de jerarquía de valores, escogido, impuesto, adherido... de con quien se hablase o tratase (si bien para nuestros adentros, como convencidos monistas, ambos matizáramos esta aseveración con un: «no eran universalmente cognoscibles debido a las deficiencias congénitas y estructurales que sufrían todos aquellos que no podían apreciar con la misma claridad que yo lo autoevidente de la Verdad»). Como resumió con no disimulada sorna uno de los allí presentes: «Nunca des explicaciones: tus amigos no las necesitan, tus enemigos no las creen y los tontos no las entienden». Triste intervención aquella, sin duda, pues en aquel momento unimos fuerzas mi colega y yo poniendo de manifiesto que «mis amigos», «mis enemigos» y «los estúpidos» no forman partición sobre el conjunto de «los humanos», y que no todas las personas que nos conocían estaban claramente posicionadas en estas categorías, y que éstas no eran rígidas e inamovibles o acontextuales, y un largo etcétera que ciertamente no merecería la pena mencionar aquí.
Con ésto vengo a decir que, como no nos pusimos de acuerdo, mientras él se fue a disfrutar de los «exquisitos» carnavales brasileños de Río de Janeiro, yo pude sublimarme de puro placer con los de Ciudad K. Incluso, ¡dichoso mi sino!, conseguí lo que pretendía con su compañía (obtener una muestra de control para contrastar las diferencias interpretativas de los originales disfraces) gracias a un rebaño de turistas «cultivados» (casi tanto como los de La Vieille Dame Et Les Pigeons, 1998). Así, por ejemplo, estos bastos y vastos conoceros de mundo apreciaron enseguida el inconfundible talle de Chaplin en un hombre con un bombín bien calado que le guardaba el paraguas —indistinguible, en la distancia y a priori, de un bastón— a su compadre en característica pose. Sin embargo, desprendido de éste un momento después, todo fue claro y evidente para mi, oscuro y extraño para ellos, a los que casi les falto tiempo para salir corriendo a preguntarle por qué, pagando lo que pagaban, tan mal disfrazado de Chaplin estaba. Un deliciosamente inefable «no soy Chaplin» fue todo lo que obtuvieron por respuesta. El tema general del año era, en efecto, la obra de René Magritte, y sobre el paraguas antes mentado bailaba ahora un vaso de agua en entrañable representación de Las vacaciones de Hegel.
A pesar de la extravagancia intrínseca de Ciudad K, exagerada y difundida por una incomprensión generalizada de los esporádicos visitantes, no hace falte decir que la pipa —física (por La traición de las imágenes) o invocada (por Los dos misterios)— junto con un —al final del día, y por parte, sobretodo, de los recién alfabetizados turistas— cansino «no soy aquello que represento», fue lo más recurrido (más incluso que en El mutilado); no tanto por su popularidad fuera de estos dominios, sino más bien por la facilidad/comodidad que suponía materializar/imitar/referirse a este cuadro respecto de otros, quizá, más inmanentes. No obstante, ese vicio —que, reitero, no les reprocho— es ciertamente excusable ante las muchas maravillas que se pudieron solazar en aquella jornada gloriosa. Así, por ejemplo, he de reconocer mi más sincero asombro ante el gran sentido del humor que tuvo la ciudad a la hora representar Golconde: en dos momentos concretos del día varias cuadrillas de hombres con gabardinas y bombines negros, algunos con carteras, otros con paraguas plegados, iban desfilando por las calles dando saltitos en grupo o saltando en colchonetas y camas elásticas dispuestas por toda la ciudad al ritmo de It’s Raining Men sin perder en ningún momento la compostura, como estatuas, shoegazers o actores típicos del teatro Noh. Realmente impresionante.
Cabe remarcar que esta clase de atrevimientos también se vivieron a titulo individual. Así, por ejemplo, se pudieron ver algunos hombres y mujeres desnudos cubiertos de cintura para arriba por una enorme cabeza de pez (cual gigantes y cabezudos) en clara alusión a La invención colectiva o, más arriesgado y quizá frívolo, un pintor/creador (el de La tentativa de lo imposible) que pretendía reconstruirle el brazo a un manco, la pierna a un cojo, las gónadas a un eunuco... a mi me intento arreglar mi torcida nariz, así como eliminarme algunas arrugas de expresión; el resultado no pudo ser más cómico: le estornudé en toda la cara. Tampoco faltó al encuentro La clarividencia: de vez en cuando se podían ver personas desnudas saliendo de sus casas y corriendo de un lado para otro, en clara reminiscencia al eureka arquimediano, clamando haberlo encontrado; «¡puedo ver con total nitidez el futuro! —exclamaban— de este huevo que alzo, incautos, nacerá un ser alado». Los amantes, El placer, El mago, Los objetos familiares... se atrevieron incluso a disfrazar un paisaje: El reino de las luces. Ignoro por completo como, pero bajo el cielo azul y el sol fulgurante, una posada se presentaba profundamente lóbrega ante los ojos de los atónitos clientes, iluminada solamente por el débil brillo de una farola frente al estanque. Conmovedoramente siniestro, sin duda.
Como venía siendo habitual desde hace unos años, nos reunimos todos, incluido mi amigo «brasileño», en una fiesta de disfraces cuyo leitmotiv era: «muéstranos el mejor del lugar que visitaste». Allí pude entablar la siguiente cordial conversación, con la que daré por concluida mi narración:
—«¿Por qué llevas ese estúpido traje de humano?»
—Un porcentaje importante de los aquí presentes también lo lucen; empezando por ti, pirata.
—Me has entendido perfectamente: ¿por qué no vas disfrazado? ¿O acaso se disfrazaron de ti este año en Ciudad K?
—No, aunque es cierto que voy disfrazado de mí mismo, de sí mismo, del «en sí». Es un enrevesado disfraz conceptual, un chiste de monistas y metafísicos. Aunque no te preocupes, no te lo voy a explicar; de todos modos, sé que nunca lo entenderías...
—Muy gracioso... Ahora en serio, ¿por qué?
—En realidad es aún más sutil que eso del «en sí». La ropa es de Sk: nos la hemos intercambiado. Voy de Sk, y Sk va de mí.
—Si fuéramos dibujos animados y lleváramos siempre la misma ropa puede que eso tuviera algún sentido, pero no es el caso.
—No sólo tendría algún sentido sino que devendría un chiste interno, puesto que sólo la gente que supiese la ropa que solemos llevar ambos identificaría la relación. Además, no es necesario que seamos el producto de la imaginación de algún dibujante frustrado: bastaría con que Sk y yo vistiéramos usualmente con personalidad, siguiendo algunos criterios determinados y característicos bien diferenciados del resto de la gente y, en particular, de nosotros mismos.
—Tal vez, pero claramente no es así. A ambos os importa una mierda eso, y vestís de cualquier manera, casi siempre con ropa monocroma y sin señas identitarias de ningún tipo. Tanto es así que ni siquiera creo que puedas demostrar que esta ropa que llevas sea de Sk.
—Touché. Lo cierto es que no me estimulaba demasiado la idea de disfrazarme, que quieres que te diga; tenía algunas ideas interesantes, y me complace ver que no fui el único, pero en cuanto me las imaginaba... no sé, como que perdía el interés. Eso de tener que tomarme la molestia de montar el puzzle físicamente cuando yo ya me había complacido en crearlo mentalmente se me antojaba... ¿como decirlo? hmmm... Inútil, una perdida de tiempo.
—Querrás decir una perdida de TU tiempo, ¿no? Porque antes has admitido que te complace ver los elaborados disfraces de alguno de los aquí presentes.
—¿A donde quieres llegar?
—A que si todos actuasen como tú y no se tomasen esa molestia, no podrías disfrutar de ellos; y no hablo ya sólo de disfraces: si cualquier clase de creador, artista o científico, razonase del mismo modo que tú y permaneciese en la inacción, la humanidad nunca hubiese llegado tan lejos. El hecho de que te tomes esa molestia es lo que te permite entrar aquí, vivir en sociedad y disfrutar de ese esfuerzo ajeno. ¿O es que a ti no te enseñaron eso de la regla de oro y el imperativo categórico?
—Pero no lo hacen; lo primordial es que no actúan como yo. Y mi presencia aquí tampoco les supone ningún incordio. Es más, si admitimos tu razonamiento tampoco deberíamos permitir la entrada a las bibliotecas ni los hospitales públicos a los vagabundos que no cotizan ni pagan impuestos, lo cual me parecería muy reprochable. No sé, pero me parece que le estás dando una perspectiva moral a un problema que no la tiene, un problema tal vez más propio de la teoría de juegos. ¿Has oído hablar del bar «El Farol»?
—No, pero paso. Paso porque tu mismo me has dado en el pasado dos contraejemplos prácticos a esa manera de proceder. El primero, en Burlesco homenaje a una de las más amadas de mis amantes: la matemática, en el que tú (pedías y) agradecías las correcciones que te hacían pero no contribuías con las tuyas propias, incluso cuando las consecuencias o comentarios a éstas te podrían haber sido provechosos o, ¿por qué no?, podrían haber desencadenado una interesante conversación. El segundo, un reiterado comentario a propósito de tus epifanías (aunque me admites que es algo generalizado de tu escritura apelando en ocasiones a el Oulipo y su técnica de «estirar la línea»), y es que al tomarte la molestia de escribir esas imágenes o ideas, más difusas de lo que creías al principio, aparecen nuevos pensamientos y matices que desarrollar, inflando el texto con gran estimulo y deleite para tu mente.
—Tal vez tengas razón, y concuerdo con que es deseable no mantenerse pasivo en todas las facetas humanas o vitales, pero tengo que insistir en que estás añadiendo una dimensión moral a un problema que no la tiene: el problema de la motivación. Y como te decía antes, al menos en la cuestión de disfrazarme, considero que la originalidad, única motivación para ello, no existe; para mi muere, deja de serlo, en cuanto se formula. Supongo el problema radica en mi particular jerarquía de valores, y no tanto en que en verdad no tenga sentido disfrazarme, pero se me antoja muy difícil cambiar esto.
—Sí, es posible que tengas razón, aunque me inquieta bastante que de un tiempo a esta parte termines siempre por apelar a la subjetividad del sujeto y la particular jerarquía de valores que este pueda tener. Sea como fuere... eso que has dicho sobre la originalidad... ¿no te recuerdan a....? ¿Como era? hmmm.... Eso que decía Coco Chanel, ¿sabes de lo que hablo?
—«Todo lo que es moda pasa de moda» y «moda es todo lo que pasa de moda». Sí, supongo que sí. Al final el bucle colapsa y uno termina por no hacer nada.

Pinacoteca Magritte: http://pintura.aut.org/BU04?Autnum=11.177
Ciudad K, información turística: http://www.rtve.es/television/ciudad-k/

No hay comentarios:

Publicar un comentario

El pudor es un estigma social: descuartizame, y mis manos resquebrajadas te aplaudirn.